Lo normal para todo coleccionista de monedas, sobre todo al principio, es coleccionar alguna serie. Algo que venga ya cerrado, que tenga un principio y un fin, como si fuera una colección sacada por una editorial. El caso extremo de esto, como nos decía Roberto en un comentario, es el coleccionismo de euros, en el que muchos caen en un “coleccionismo por fascículos” yendo a la numismática igual que los niños van a comprar cromos al kiosko. Otro tipo de series muy típicas son las monedas de Juan Carlos I, del Centenario de la Peseta, las bimetálicas del mundo… son series de las que hay catálogos donde te explican cuáles tienes y cuáles te faltan. Es muy fácil, y justamente en esa facilidad reside su ventaja.

Pero resulta que a muchos nos pasa que llega el día en el que nos damos cuenta de que tenemos una parte importante de nuestro patrimonio invertido en monedas y nos viene nuestro Pepito Grillo particular a preguntarnos si realmente lo estamos haciendo bien o si estaremos perdiendo dinero a manos llenas. Una de las preguntas puede ser ¿está correctamente diversificada la inversión? ¡Dios mío! Puedo sentir que algunos de los lectores del blog han agarrado con ambas manos la mesa porque nunca se habían hecho esta pregunta. En mi opinión, al igual que cuando se tiene una cartera de acciones no se deben tener todas en el mismo mercado, puede resultar peligroso tener todas las monedas en la misma serie, por mucho que nos guste. Y parece ser que no soy el único que opina así. Ahora mismo hay mucha gente que colecciona la moneda de El Centenario de la Peseta, pero ¿qué pasa si se pasa la moda? ¿y si se vuelve a poner de moda la moneda medieval como hace unos años? ¿y si la plata baja y se pone a mitad de precio (no es descabellado)? ¿y si resulta que las monedas rusas dejan de cotizarse a los precios que están ahora? No es que vayan a ocurrir todas estas cosas a la vez, pero alguna puede pasar, y en el caso de que ocurra deberíamos estar cubiertos para no perder demasiado dinero en ello (recordemos que parto del supuesto de que una parte importante de nuestro patrimonio está invertido en monedas).

Claro que la solución no puede ser comprar una moneda de cada y tener una “colección ultra-diversificada” en la que quepa una de 8 escudos de Carlos III, un sestercio de Nerón, una peseta de 1884, un rublo de 1830… no tiene sentido porque es totalmente imposible que un aficionado controle todos esos mercados y sepa a quién vender las piezas en caso de ser necesario. No se puede ser experto en todo y no es razonable pensar que seremos capaces de saber a qué precio comprar y a qué precio vender cualquier moneda que aparezca, tanto si es babilónica como si es un Holey Dollar.

Así pues, para evitar esta tesitura mi propuesta sería diversificar la colección, pero atendiendo siempre al mercado en el que nos movemos y a la posibilidad de poder deshacernos de las piezas a medio plazo sin perder demasiado dinero. Una forma de diversificar se propone en el número de marzo de 2010 de la revista “The Numismatist“. Consiste en no intentar abarcar una serie entera, sino quedarnos sólo con ciertas monedas representativas, de manera que estén todos los tipos, todas las cecas y todos los ensayadores representados. Esto tiene la ventaja de que podríamos hacernos una colección suficientemente amplia de una serie sin caer en dejarnos un dineral para completarla. Amén de que hay series que son prácticamente imposibles de completar, como pueden ser los reales de a 8 de España y colonias. De esta manera podríamos tener una colección de moneda española que contemple 8 medios escudos, 15 reales de a 8, 10 duros de plata, 8 monedas de 2 reales, 9 pesetas y 50 cobres variados; y luego podríamos tener moneda francesa, inglesa, romana…

Otra opción sería la de estudiarnos bien ciertas series concretas pero dispersas. Por ejemplo podríamos convertirnos en expertos de las monedas de 2 escudos de cecas peninsulares, de los denarios bajo imperiales, de los jinetes íberos, de las pesetas de Franco, de los silver dollars y de cobres de Napoleón. Se tratan de series dispersas, abarcables una a una para el largo plazo y poco correladas entre sí, de forma que si pasa la moda de algunas de ellas o si el valor de un metal se desinfla su repercusión en el global de la colección no será dramático.

Finalmente, hay que subrayar que un el gusto personal es crítico a la hora de seleccionar una serie en la que coleccionar, pero también es importante tener en cuenta factores de mercado. Por ejemplo, hoy en día no recomendaría a nadie ponerse a coleccionar moneda de oro porque creo que está muy caro (aunque algunos lectores opinen lo contrario con el mismo criterio, o mejor, que el mío). Además, hay que mirar de reojo la cantidad de coleccionistas que hay de esas monedas y nuestras estimaciones para el futuro. Por ejemplo, todas las series que he dicho anteriormente serían muy fáciles de vender a buen precio en caso de necesidad, puesto que hay mucho mercado tanto dentro como fuera de España; pero si alguien se aventura a coleccionar piezas almohades se encontrará con serias dificultades para encontrar compradores, por lo que teniendo en cuenta la rareza de esas piezas (y su consiguiente volatilidad) es muy probable que pierda mucho dinero si necesita vender su colección.

 

Las monedas que ilustran la entrada están sacadas de la última subasta de Stack’s New York, que se celebró el pasado 10 de enero. Se tratan de una estátera del Imperio Indio de Gupta, un doble táler de Leopoldo I de Austria, 10 ducados de Transilvania, 8 reales de Perú y 5 pesetas de Perú. Los precios que alcanzaron fueron de 375, 1300, 37500, 3000 y 1200 dólares respectivamente.