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Cuando alguien empieza a coleccionar moneda española lo normal es que empiece por los duros de plata, intentando hacerse con ellos con ambas estrellas visibles. Una vez que tiene completa, o casi completa, la colección se tira a por las pesetas y los pesetones. Los pesetones son fáciles quitando un par de fechas (1891 y 1894); pero las pesetas… ¡hay lo que cuesta tenerlas todas con estrellas! En esta entrada voy a presentar un par de ellas y además voy a dejar la idea de que no sólo hay que fijarse en las estrellas, esas son sólo una parte del total de la moneda que hay que observar.

Las pesetas en cuestión se tratan de las dos que se hicieron a Alfonso XIII pelón: 1889 (18-89) y 1891 (18-91). A pesar de que la diferencia de precio entre ambas es más que considerable las voy a presentar juntas porque ambas tienen la extraña característica de que es muy raro encontrárselas con la primera estrella acuñada. No entiendo por qué, pero en la mayoría de los casos la primera estrella está anepígrafa o muy débil, a pesar de que la moneda en su conjunto tenga buen aspecto.

Recuerdo una vez que en un mercadillo un aficionado (sin duda alguna muy nuevo en la materia) le estaba diciendo a un vendedor que una peseta de 1891 que tenía en venta era falsa porque no era  posible que estuviese en tan buen estado y a la vez le faltase una estrella. Bueno, pues en este caso no es sólo que es posible, sino que es muy común. Así pues, en todas las monedas en general, pero en estas piezas en particular, no se deben valorar exclusivamente porque tengan o no estrellas, puesto que se dan casos de piezas en perfecto SC sin la primera estrella.

Evidentemente, esto que estoy diciendo se puede dar la vuelta y recomendar que si nos ofrecen una peseta de 1891 con ambas estrellas fuertes a buen precio, la compremos sin dudarlo porque no es una oferta que nos vayan a hacer todos los días. Lo mismo se podría decir de la peseta de 1889, pero en ese caso dudo bastante que nos vayan a hacer una oferta tal a buen precio.

Las fotos que ilustran la entrada muestran dos monedas de una peseta de 1891 y de 1889. Ambas tienen los cuatro dígitos (mi trabajo me ha costado encontrarlas), pero podéis ver que la estrella de la derecha es mucho más fuerte que la de la izquierda. La peseta de 1889 está peor, aunque está bonita para ser una fecha tan rara, pero la pieza de 1891 está muy bien y aún así los dígitos de la estrella de la izquierda se resienten.

Por último, hay que añadir otra característica extraña de las pesetas de 1891 que a mí me resulta más rara que lo de las estrellas: apenas se ven ejemplares en MBC. Es la única moneda que conozco en la que es muy común encontrarse ejemplares en BC/BC+ y también en EBC o calidades superiores, pero apenas nunca se ven las calidades intermedias (MBC-, MBC, MBC+), que son las calidades que suelen buscar los que empiezan a coleccionar pesetas.

Estonia es un país al que tengo especial cariño porque estuve en Tallín 15 días en un curso de BEST sobre economía, lo cual no fue más que una excusa para que un 30 universitarios de todas parte de Europa (entre organizadores y alumnos) estuviésemos dos semanas seguidas de partuza descomunal en una ciudad con 22 horas de sol al día. Al acabar el curso no había aprendido absolutamente nada de economía pero de licores nórdicos y de saunas mixtas podría haber escrito una tesis doctoral. Luego yo por mi parte prolongué la fiesta una semana más por Letonia y Lituania adquiriendo, eso sí, toda la cultura báltica que en tan poco tiempo se puede absorber.

Pero el blog no va de partuzas, sino de monedas.  La cuestión es que, como todos ya sabréis porque se ha dado muchísima publicidad, el uno de enero de 2011 entró Estonia en la zona euro. En este caso el diseño de los euros es el mismo para todas las monedas, es decir el mapa del país, un diseño que me parece muy acertado. Hay que decir también que las monedas (acuñadas en Finlandia por la empresa Soumen Rahapaja) tienen muy buena calidad y casi parecen PROOF las piezas de circulación normal.

La polémica viene porque las fronteras del mapa que se muestra en las monedas no coinciden con la frontera actual de Estonia, sino con las fronteras que Estonia reclama como propias y que supondrían la anexión de un territorio actualmente ruso.  Esta noticia ha aparecido en multitud de medios (y también se ha discutido en el foro de Imperio Numismático), pero no he visto ninguno en el que se explique realmente el por qué de la confusión de las fronteras. Para ello hay que recapitular un poquito de historia estonia, que ahora voy a resumir desde una perspectiva personal.

Básicamente Estonia ha sido un territorio que durante los últimos siglos han conquistado muchas potencias extranjeras: polacos, letones, suecos, daneses, rusos… todos pasaron por allí, gobernaron el tiempo que pudieron y los estonios llegaron a acostumbrarse a estar dominados por potencias extranjeras hasta el punto de que no les es ninguna vergüenza reconocerlo. De hecho, en el centro de Tallín tienen monumentos que conmemoran victorias de tropas foráneas (como la caída del cielo de la bandera danesa durante la batalla de Lyndanisse). No fue hasta bien entrado el siglo XIX cuando los estonios, al igual que otros muchísimos pueblos europeos, tomaron conciencia de sí mismos como nación y quisieron un autogobierno independiente de quien les estaba dominando en aquellos años, que no eran otros que los rusos.

Los estonios aprovecharon la debilidad del comienzo de la Unión Soviética para alzarse en armas en 1918 y, apoyados por otras potencias europeas como Inglaterra, Finlandia o Suecia, ganar lo que después se vino a llamar la Guerra de la Independencia Estona.  La desorganizada Rusia de la época y el medio-vencido ejército rojo no controlaron a tiempo la revuelta y se firmó la Paz de Tartu, declarando a Estonia independiente de la Unión Soviética y definiendo unas fronteras que son exactamente las que se muestran hoy en día en las monedas de euro estonas.

Como pasa casi siempre la alegría dura poco en casa del pobre y en septiembre de 1939, recién comenzada la Segunda Guerra Mundial, el ejército rojo entró sin piedad sobre Estonia y el resto de países bálticos. Posteriormente, en enero de 1941 fue el ejército nazi quien invadió Estonia y mantuvieron el poder hasta el otoño de 1944, cuando Rusia volvió a invadir Estonia. Os podéis imaginar que entre tantas conquistas y reconquistas quien realmente salió perdiendo fue el pueblo estonio, uno de los más castigados durante la Segunda Guerra Mundial. Una vez acabada la guerra, y sin una aparente razón de peso, el gobierno de Stalin anexionó unos territorios del este de Estonia a la RSFS haciendo caso omiso al Tratado de Tartu, que ya por aquél entonces era papel mojado. El gráfico de abajo muestra los territorios bálticos anexionados a RSFS.

Todo este asunto acaba cuando a finales de los 80 se da la idealizada “revolución de las canciones” en las que el pueblo báltico se une contra un enemigo común: la URSS. Entre las diferentes manifestaciones que se daban en el cada vez más abierto régimen soviético la más famosa, sin ninguna duda, fue la cadena báltica (abajo una foto), en la que ciudadanos estonios, letones y lituanos formaron una cadena humana que cruzaba los tres países. Al final el 22 de agosto de 1991, Estonia declaró su independencia conservando las fronteras que tenía ese momento, es decir, las del Tratado de Tartu menos los territorios que había anexionado Stalin a la RSFS. Esos territorios fueron reclamados en su momento y siguen siendo formalmente reclamados, si bien a Moscú por un oído le entra y por otro le sale.

Llegados a este punto me imagino que todos nos habremos hecho una pequeña idea de por dónde viene el asunto. A esto hay que añadir que hoy por hoy la sociedad estona es totalmente europea y europeísta, mirando con malos ojos casi todo lo que venga de Rusia (es una de las diferencias más notable con los letones, donde hay mucha más cantidad de población de origen ruso). Los estonios tienen una mentalidad totalmente emprendedora, uno de los factores que ha ayudado a que en los últimos años haya experimentado un enorme crecimiento económico, mucho más que sus vecinos del sur. Por otro lado, no olvidan su pasado comunista dejando algunos símbolos de la corrupción que allí hubo. Por ejemplo, en el centro de Tallín, que está totalmente reconstruido, hay un retrete que los rusos construyeron presupuestándolo en unos 150.000 euros (de los años 80); allí lo dejan con una plaquita como testimonio de la corrupción vivida. No obstante, yo mismo estuve con una rusa un viernes a las tantas de la mañana cantando el himno ruso en plena zona de copas de Tallín, y nadie nos dijo nada. Eso es exactamente lo que yo considero un “nacionalismo sano“, puesto que se consideran un pueblo y una nación independiente pero no están en contra de nadie.

Dicho todo esto, ya sólo me queda argumentar por qué opino que toda la polémica es una pantomima:

Lo primero es porque no me creo que quien haga las monedas, por muy finlandés que sea, no se haya dado cuenta de las fronteras actuales de Estonia. Es más, aún en el caso de que se trate de un error humano, antes de sacar una versión oficial se harían muchísimas pruebas que verían cientos de personas y digo yo que alguno conocería el mapa de su propio país. Así pues, el gobierno estonio está claro que conocía el “error” antes de emitir las monedas.

Igualmente, la emisión de una nueva moneda no es un secreto de estado como para que no se hubiese filtrado su diseño al gobierno ruso antes de tiempo.

Estonia ha salido beneficiada con toda esta historia porque por un lado ha dado publicidad a una reclamación histórica de la que seguramente no nos hubiéramos enterado de otra manera y por otro lado le ha permitido hacer más publicidad de sus propios euros y así vender más. Sin ir más lejos, va a sacar 50.000 ejemplares de la cartera de euros de 2010, lo cual es más del doble de la tirada de un país como España, bastante mayor y con miles de coleccionistas más.

Todas las imágenes están sacadas de Wikipedia excepto la penúltima que está sacada del foro de Imperio Numismático.

Cada vez que hablo con un vendedor me cuenta sistemáticamente el precio que él ha pagado por las monedas que me intereso. ¿No os pasa también a vosotros? Siempre resultan ser márgenes muy pequeños, de en torno a un 20% o incluso menos, y sus argumentos son más o menos creíbles y muchas veces se basan en los precios de remate de las monedas en subasta. Vamos a poner un ejemplo:

Imaginémonos que va Enrique a vender a un comerciante la moneda que está justo arriba. Se tratan de 8 reales columnarios de Carlos III con ceca de México y en calidad MBC. Un vendedor serio le diría: “Mira, una moneda como ésta (en este caso el mismo ejemplar) se ha rematado en Aureo en la subasta del 15 de diciembre en 162 euros. La casa de subastas le carga en torno a un 20% al vendedor, así que si yo la vendiese y tuviese el mismo remate sacaría por ella 135 euros. Te pago 110 euros por ella“. Hasta aquí todo muy razonable.

Luego llega Pepito y quiere comprar esa moneda al vendedor. El vendedor lo primero que le dice es: “Mira, esta moneda la he comprado por casi 200 euros. Fíjate que en Aureo se remató una igual por 165 euros, más el 20% que cargan al comprador el precio está en torno a 198 euros. Te pido por ella 240 euros y yo sólo gano un 20%”. También muy razonable.

Pero claro, ahora resulta que el vendedor ha comprado una moneda por 110 euros y la ha vendido por 220 (realmente dice 240 para que le regateen un poco y soltarla en 220 euros). En global ha doblado el precio de la moneda y el truco está en jugar siempre con el margen de las subastas a su favor. Un 100% de beneficio en este tipo de monedas es un margen bastante más razonable para el vendedor.

Como conclusión de este asunto es que aunque es muy normal que en mercadillos y convenciones  los profesionales os cuenten a cuánto les han salido las piezas y lo poco que ganan con la venta, en general no es verdad. ¿Por qué os iba a decir un profesional el margen de beneficio que tiene en una venta? ¿Acaso os lo cuenta el frutero? No, simplemente es una forma de marcar asíntotas en un regateo: si os dicen que les ha costado 200 euros a lo mucho les regatearán hasta los 210 y el comprador se creerá que se lleva un regalo. Otra estrategia muy parecida es decir: “la semana pasada vino uno que la quería por 200 euros y no se la vendí”.

Para que quede claro, con esto no estoy diciendo que me parece ilícito que un vendedor profesional saque por unas monedas casi el doble de lo que ha pagado por ellas; de hecho me parece muy razonable que un vendedor profesional actuase como indico en los párrafos anteriores. Al fin y al cabo ellos tienen que pagar un local, luz, agua, seguros, seguridad social, hacienda… y proporcionan una garantía a las piezas. Otra cosa son los aficionados que de vez en cuando vendemos alguna pieza y sólo tenemos que dar cuentas a hacienda; nuestros gastos y el valor añadido que proporcionamos a la moneda es mucho menor, así que también menor debería ser nuestro margen.

Lo normal para todo coleccionista de monedas, sobre todo al principio, es coleccionar alguna serie. Algo que venga ya cerrado, que tenga un principio y un fin, como si fuera una colección sacada por una editorial. El caso extremo de esto, como nos decía Roberto en un comentario, es el coleccionismo de euros, en el que muchos caen en un “coleccionismo por fascículos” yendo a la numismática igual que los niños van a comprar cromos al kiosko. Otro tipo de series muy típicas son las monedas de Juan Carlos I, del Centenario de la Peseta, las bimetálicas del mundo… son series de las que hay catálogos donde te explican cuáles tienes y cuáles te faltan. Es muy fácil, y justamente en esa facilidad reside su ventaja.

Pero resulta que a muchos nos pasa que llega el día en el que nos damos cuenta de que tenemos una parte importante de nuestro patrimonio invertido en monedas y nos viene nuestro Pepito Grillo particular a preguntarnos si realmente lo estamos haciendo bien o si estaremos perdiendo dinero a manos llenas. Una de las preguntas puede ser ¿está correctamente diversificada la inversión? ¡Dios mío! Puedo sentir que algunos de los lectores del blog han agarrado con ambas manos la mesa porque nunca se habían hecho esta pregunta. En mi opinión, al igual que cuando se tiene una cartera de acciones no se deben tener todas en el mismo mercado, puede resultar peligroso tener todas las monedas en la misma serie, por mucho que nos guste. Y parece ser que no soy el único que opina así. Ahora mismo hay mucha gente que colecciona la moneda de El Centenario de la Peseta, pero ¿qué pasa si se pasa la moda? ¿y si se vuelve a poner de moda la moneda medieval como hace unos años? ¿y si la plata baja y se pone a mitad de precio (no es descabellado)? ¿y si resulta que las monedas rusas dejan de cotizarse a los precios que están ahora? No es que vayan a ocurrir todas estas cosas a la vez, pero alguna puede pasar, y en el caso de que ocurra deberíamos estar cubiertos para no perder demasiado dinero en ello (recordemos que parto del supuesto de que una parte importante de nuestro patrimonio está invertido en monedas).

Claro que la solución no puede ser comprar una moneda de cada y tener una “colección ultra-diversificada” en la que quepa una de 8 escudos de Carlos III, un sestercio de Nerón, una peseta de 1884, un rublo de 1830… no tiene sentido porque es totalmente imposible que un aficionado controle todos esos mercados y sepa a quién vender las piezas en caso de ser necesario. No se puede ser experto en todo y no es razonable pensar que seremos capaces de saber a qué precio comprar y a qué precio vender cualquier moneda que aparezca, tanto si es babilónica como si es un Holey Dollar.

Así pues, para evitar esta tesitura mi propuesta sería diversificar la colección, pero atendiendo siempre al mercado en el que nos movemos y a la posibilidad de poder deshacernos de las piezas a medio plazo sin perder demasiado dinero. Una forma de diversificar se propone en el número de marzo de 2010 de la revista “The Numismatist“. Consiste en no intentar abarcar una serie entera, sino quedarnos sólo con ciertas monedas representativas, de manera que estén todos los tipos, todas las cecas y todos los ensayadores representados. Esto tiene la ventaja de que podríamos hacernos una colección suficientemente amplia de una serie sin caer en dejarnos un dineral para completarla. Amén de que hay series que son prácticamente imposibles de completar, como pueden ser los reales de a 8 de España y colonias. De esta manera podríamos tener una colección de moneda española que contemple 8 medios escudos, 15 reales de a 8, 10 duros de plata, 8 monedas de 2 reales, 9 pesetas y 50 cobres variados; y luego podríamos tener moneda francesa, inglesa, romana…

Otra opción sería la de estudiarnos bien ciertas series concretas pero dispersas. Por ejemplo podríamos convertirnos en expertos de las monedas de 2 escudos de cecas peninsulares, de los denarios bajo imperiales, de los jinetes íberos, de las pesetas de Franco, de los silver dollars y de cobres de Napoleón. Se tratan de series dispersas, abarcables una a una para el largo plazo y poco correladas entre sí, de forma que si pasa la moda de algunas de ellas o si el valor de un metal se desinfla su repercusión en el global de la colección no será dramático.

Finalmente, hay que subrayar que un el gusto personal es crítico a la hora de seleccionar una serie en la que coleccionar, pero también es importante tener en cuenta factores de mercado. Por ejemplo, hoy en día no recomendaría a nadie ponerse a coleccionar moneda de oro porque creo que está muy caro (aunque algunos lectores opinen lo contrario con el mismo criterio, o mejor, que el mío). Además, hay que mirar de reojo la cantidad de coleccionistas que hay de esas monedas y nuestras estimaciones para el futuro. Por ejemplo, todas las series que he dicho anteriormente serían muy fáciles de vender a buen precio en caso de necesidad, puesto que hay mucho mercado tanto dentro como fuera de España; pero si alguien se aventura a coleccionar piezas almohades se encontrará con serias dificultades para encontrar compradores, por lo que teniendo en cuenta la rareza de esas piezas (y su consiguiente volatilidad) es muy probable que pierda mucho dinero si necesita vender su colección.

 

Las monedas que ilustran la entrada están sacadas de la última subasta de Stack’s New York, que se celebró el pasado 10 de enero. Se tratan de una estátera del Imperio Indio de Gupta, un doble táler de Leopoldo I de Austria, 10 ducados de Transilvania, 8 reales de Perú y 5 pesetas de Perú. Los precios que alcanzaron fueron de 375, 1300, 37500, 3000 y 1200 dólares respectivamente.

Muchos de los lectores que me escriben son aficionados principiantes que quieren empezar o acaban de empezar una colección. Es natural, porque a ellos es a quienes va dirigido fundamentalmente el blog. Una de las consultas que más frecuentemente me hacen, si no directamente si a raíz de una pequeña conversación, es cómo enfocar su colección y qué clase/calidad de moneda coleccionar. Yo les digo que hay diferentes tipos de colecciones y que cada cual debería centrarse en aquellas monedas que personalmente le motiven y en un margen de precios razonable que dependerá del tiempo y del dinero que esté dispuesto a dedicar a su colección.

No obstante, hay otra variable que debe influir en el tipo de monedas que se coleccionan y que se nos suele olvidar: el conocimiento del coleccionista. No es lo mismo lo que coleccionaba yo cuando empezaba (o hace año y medio) que lo que colecciono ahora. Algunos pensarán que eso es debido a que ahora sé más cosas, puedo apreciar mejor las calidades, conozco mejor el mercado y me meto en moneda un poquito más seria; antes no era capaz de apreciar esa calidad, así que perdía el tiempo y el dinero coleccionando piezas más baratas. Eso lo pensará mucha gente, pero yo hoy por hoy opino que es preferible empezar por moneda pequeña y poco a poco ir subiendo la calidad. Esto es algo con lo que la mayoría de los profesionales discreparán si se les pregunta, pero hay que tener en cuenta que generalmente con ellos hay un conflicto de intereses y hay que depurar mucho su opinión.

Imaginémonos que Enrique va a empezar una colección de monedas y cuenta para ello con unos 100 euros al mes (realmente da igual la cantidad, la argumentación sería la misma si fuesen 5 euros que si fuesen 2.000). Como a todo hijo de vecino le gustan los duros de plata, así que va a empezar por hacerse con una colección completa de duros de plata y si acaso algunas otras monedas de El Centenario de la Peseta.  Ahora es cuando viene la decisión difícil: cuenta con 100 euros al mes, pero ¿es preferible comprar una moneda en EBC cada dos meses o mejor comprar una o dos monedas en MBC todas las semanas? (se entiende que ya tiene catálogos, que es donde debería gastarse sus primeros euros)

Si se compra una o dos monedas todas las semanas se gastará unos 15/20 euros por cada duro normalito y algo más por las fechas más raras. Al final se habrá gastado unos 700-800 euros y tendrá una colección de duros de El Centenario en calidad normalita (sin meterse en berenjenales como estos y estos), pero todos con estrellas y presentables. Con todo este asunto el bueno de Enrique habrá estado entretenido en torno a un año, se habrá hecho con una colección de duros y seguramente también tenga otras platas y cobres de El Centenario. Si ahora se pusiera a vender esos duros seguramente no le pagarían por ellos más de 500 euros, por lo que se puede decir que Enrique ha perdido dinero, pero tampoco es tanto si consideramos que con ese dinero Enrique ha estado entretenido un año (cualquier hobbie le hubiera salido por un precio semejante) y seguramente haya aprendido a desenvolverse en el mercado de manera que en un futuro pueda ganar dinero o al menos comprar de manera que no pierda pelas. Llegado a este punto lo normal es que Enrique haya pulido su gusto y ya sepa diferenciar bien las calidades de las monedas y los precios que se pagan por ellas. Quizá sea entonces cuando se atreva a comprar duros de calidad y mejorar su colección vendiendo los duros de menor calidad que había comprado inicialmente.

La otra opción es empezar directamente por las piezas buenas, entendiendo que no merece la pena comprar chatarra de plata que tiene muy poco valor numismático. Partiendo de un mismo presupuesto Enrique podría comprar un duro cada dos o tres meses y esperar pacientemente que con el tiempo se tenga una colección más que digna de apreciar por cualquier aficionado. Al finalizar el primer año Enrique sólo tendrá cuatro o cinco piezas, pero estará más que orgulloso de ellas y le parecerán preciosas. Si algún día quiere venderlas seguramente encuentre a quien se las quiera comprar, porque para eso son buenas monedas, pero ¿a qué precio? Ese es el problema: al principio lo normal es no controlar el mercado y es muy difícil apreciar los detalles que hacen que un duro pase de costar 60 a 200 euros (o una peseta de Franco de 250 a 1150 euros). ¡Qué desastre si estamos dos meses pacientemente ahorrando para una moneda por cuatro veces más de lo que vale! Con equivocarse en dos compras (lo cual es muy probable porque está empezando) ya habrá perdido tanto como en un año entero coleccionando moneda más barata.

Por eso mismo mi recomendación (en contra de lo que se suele recomendar) es que al empezar se comience por monedas baratas, para luego aumentar la calidad una vez que el coleccionista se siente cómodo en el mercado. Un principiante dispuesto a dejarse 1.000  euros en una pieza que le guste es carne de cañón para comerciantes y coleccionistas aventajados; se les nota a la legua y acaban pagando carísimo lo que no vale tanto. Por ello, se corre mucho riesgo. Además, se tiene la ventaja de que al principio es más divertido hacerse con monedas cada poco tiempo, clasificarlas, colocarlas, verlas en los catálogos… así es muchísimo más entretenido que estudiarte ciertas series “a pelo” partiendo exclusivamente de manuales. Por contra, se tiene la desventaja de que si se sigue con la afición lo normal es que haya que deshacerse de esas primeras monedas compradas.

Todo lo dicho no quita que una vez que el coleccionista controla el tema y se maneja en el mercado es siempre preferible ir a por calidad que a por cantidad. En mi opinión una buena heurística es que cuando ya se llevan unos años de afición la moneda más barata que se guarde sea el presupuesto mensual dedicado a la numismática. Si se controla un poquito el tema hay que ir a por piezas serias, independientemente de cuántas se tenga.

Las imágenes que ilustran la entrada están tomadas de la próxima subasta de Gemini Numismatic Auctions. Se tratan de un tetradragma de Caria, un as de castulo, 16 Litrai de Hieron II y un dragma de Caria.

En la anterior entrada se comentaron algunas monedas de la próxima subasta de Cayón, entre las que destacaba el duro de 1871 (18-72). Podéis pasaros por la entrada para ver una descripción del mismo y una interesante discusión al respecto, al igual que en el foro de Imperio Numismático, donde también hemos estado discutiendo sobre el tema. Ha habido bastante revuelo y no han faltado varios correos en los que se me pedía opinión sobre la tasación de semejante pieza y de alguno que me ha comentado que iba a realizar una puja muy importante.

Adolfo Cayón ha leído la entrada y se ha puesto en contacto conmigo para indicarme, entre otras cosas, que el duro de 1871 que tiene en subasta está descrito como (18-72) por error, realmente es un duro de 1871 (18-71). Así pues, fin de la historia: el duro de 1871 (18-72) no existe, y de existir no se conoce ningún ejemplar. También puede darnos para reflexionar sobre el enorme peso que tiene Cayón en la comunidad numismática española; confiamos tanto en Cayón que un simple error tipográfico genera tanto debate.

He de añadir que  me ha solicitado que “corrija urgentemente cualquier alusión a la falsedad de la moneda y se lo notifique por escrito de manera inmediata”, indicándome que también da garantía de la autenticidad del duro de forma vitalicia. Yo he modificado una frase en la entrada anterior, si bien no he eliminado ni modificado ningún comentario porque entiendo que su propiedad intelectual y la responsabilidad de los mismos pertenecen a su autor. Así pues, si alguien quiere modificar algún comentario que haya realizado que me lo diga, pero hasta entonces así quedan.

La moneda de la imagen es el duro en cuestión que se subasta.

A mi casa me llegan cada poco tiempo catálogos de subastas numismáticas. Tanto es así que uno ya se acostumbra a recibir gratuitamente libros de monedas a todo color de forma totalmente gratuita; parece como si ya no tuviesen valor alguno. No obstante, no es tan común recibir catálogos que cuando los lees, independientemente de si se puja por algo o no, se aprende de ellos. Tal es el caso del catálogo de la próxima subasta de Cayón, del que se pueden extraer un montón de cosas. En esta entrada voy a dejar un pequeño repaso del conocimiento adquirido, fijándome en algunas piezas concretas (que no tienen por qué ser las más caras o espectaculares) y no en la subasta en su global, de la que estoy seguro que Rafael hará una buena descripción.

La primera pieza en la que hay que fijarse es en la preciosa dobla de la banda de Juan II con ceca de Ávila que se muestra arriba. La moneda es inédita y era desconocida hasta la fecha; probablemente sea una pieza única. De ella hacen una muy buena descripción, indicando que la fecha más probable de acuñación sea verano de 1420, cuando Juan II pasó una temporada en Ávila en la que aprovechó para casarse. También hacen alguna reflexión artística bastante interesante sobre la pieza, destacando dos detalles.

El primero de ellos es que la banda del escudo va de derecha a izquierda, algo muy raro que sólo se da en otro modelo acuñado en Sevilla (tipo 16.10 en el libro de Mozo y Retuerce, quien por cierto Cayón ni siquiera cita). El segundo detalle que indican es que si nos fijamos en los castillos del escudo se asemejan a una catedral gótica, mostrando los contrafuertes, exactamente igual que los castillos de las monedas acuñadas en Sevilla. No obstante, en las doblas de la banda acuñadas en Burgos (abajo se muestra una procedente de la subasta Caballero de las Yndias) el castillo recuerda a unas torres románicas. Esto hace pensar que el ensayador sienta más próximo el arte gótico que el románico, o la catedral de Sevilla del románico burgalés, lo que hace creer a Cayón que el ensayador fuese sevillano y no burgalés como podría pensarse en un principio por la proximidad geográfica. Un tercer detalle se le escapa a Cayón y es que la marca de ceca se encuentra sobre el escudo, lo cual sólo se da en las cecas de Burgos y Coruña, y no en Toledo o Sevilla, donde se muestra la marca de ceca en el reverso.

Otra moneda muy curiosa son los ocho reales que se muestran abajo. En ellos se observa un exceso de metal sobre el número 8. Según Cayón, esta marca se debe a que al labrar el punzón en un primer lugar se procedía a marcar las zonas donde se grabarían los diferentes elementos y luego se procedía a la grabación en sí. Por el motivo que sea, después de grabar el 8 no se pulió correctamente el cuño y ahí quedo ese exceso de metal para que los futuros coleccionistas se hiciesen una idea de cómo trabajaban los ensayadores mejicanos.

No obstante, en la subasta hay una pieza que llama la atención y que hace pegar un bote en el asiento a cualquier aficionado a la numismática del Centenario de la Peseta. Se trata del duro 1871 (18-72) que se muestra abajo.

Al verlo un amigo me escribió y me preguntó que si conocía la existencia de este duro. Yo le dije que no y lo comentamos en el foro de Imperio Numismático, donde el resto de aficionados tampoco habían oído hablar nunca de él.  De hecho, en la revista Numisma se publicó en su número 12 (julio-septiembre de 1954) un artículo de Rafael Sabau titulado “Las acuñaciones de duros en el sistema monetario de 1868”, donde se concluye como altamente improbable que exista el duro de 1871 (18-72). En dicho artículo se dice que por la Real orden de 5 de marzo de 1871 se aprueba la acuñación de duros con fecha 1871 (18-71), (18-72), (18-73), (18-74) y (18-75), siendo el año 1872 en el que más duros se acuñaron, pero siendo todos ellos con estrellas (18-71). Indica también que Antonio Bernabé Sánchez indica en el Boletín Ibero Americano de Numismática (diciembre de 1952) la existencia del duro de 1871 (18-72) pero sin proporcionar ninguna prueba argumental ni ningún ejemplar conocido. Así pues, concluye Sabau, si después de que tanta gente haya coleccionado duros del Centenario parece poco probable que de existir ese duro no haya aparecido, lo que hace pensar que de hecho, no existe.

Pues bien, aquí parece haber uno, y lo ponen sin dar ningún tipo de explicación de dónde lo han sacado o qué les hace pensar que es un duro auténtico y no está troquelado. Es, simplemente, una pieza más a subastar. Así pues, llamé por teléfono a Cayón y le expliqué mis argumentos diciéndole que tenía serias dudas sobre la autenticidad del duro, aunque no dudaba en ningún momento en su palabra. Me dijo que inspeccionó la pieza y que en su opinión es buena y no está troquelada; que hay veces que aparecen monedas inéditas y que aunque en El Centenario es difícil que pase, puede ocurrir. También me dijo que él garantizaba la pieza de manera vitalicia, de forma que si algún día se le demuestra que es falsa o troquelada, él devolvería el dinero correspondiente y fin del asunto.

Con todo, y por mucho que Cayón sea uno de los numismáticos más prestigiosos de España, sigo teniendo serias dudas de que ese duro tenga estrellas (18-72). En caso de serlo lo normal hubiera sido dedicar un extenso estudio a ese lote, al igual que se hizo con la dobla de la banda que se muestra más arriba. Por otro lado, la repercusión en la comunidad de coleccionistas, de haberlo dado credibilidad, hubiera sido enorme y seguro que el lote se hubiera rematado en bastantes miles de euros. Nada de esto ha ocurrido, por lo que me extraña que realmente el duro 1871 (18-72) exista.

Lo único que no me ha gustado del catálogo es la publicidad que hace, indicando que ellos venden más caro comparando dos piezas de oro rematadas en su sala de subastas y en Cayón en la subasta de Caballero de las Yndias (no lo dicen explícitamente, pero está claro a qué se refieren). Una comparación así de directa es engañosa y muy fea, más que nada porque los precios de las monedas muy raras son muy volátiles y es fácil que de una subasta a otra se rematen por el doble de dinero o más. Seguramente Aureo también podrá encontrar ejemplos de piezas importantes que se han rematado en Aureo a más del doble que en Cayón.

De hecho, una de las piezas que indican es la onza madrileña de 1710 que se muestra arriba. Dicen  con letras grandes que en 2001  se remató en Cayón por 103.674,59 euros, mientras que en 2009 se remató “en otra subasta” por 47.200 euros. También podrían haber dicho que en 1988 se vendió en Stacks por $126.000.

Un último apunte es que esta vez la subasta de Cayón es en enero, apenas quince días después de la 39 Convención Internacional de Numismática de Nueva York (aquí tenéis un resumen de la misma). Esto puede hacer que algunos profesionales anden con poco efectivo para esta subasta y que los coleccionistas más modestos nos podamos hacer con algún que otro lote, aunque está claro que las piezas buenas hay que pagarlas.

Antes de despedirme no me puedo resistir a mostrar este precioso octodragma de Arsinoe II en calidad EBC+. ¡Quién lo pillara!

Una de mis monedas favoritas son los 50 céntimos de 1892, porque a la vez que es una moneda humilde que todo el mundo se puede permitir tener en buena calidad, es una moneda que presenta bastantes variantes, algunas no tan fáciles de ver. Digamos que tiene su truco, y esta entrada se va a dedicar a explicar ese truco.

La moneda normal ya la conocéis todos, pero por si acaso os la presento.


Su estrella derecha es un 9, pero la grafía es bastante redondeada, con un rabito tan largo que casi llega a cerrarse. Es importante conocer bien esa grafía porque es justamente la estrella izquierda la que presenta las variantes más comunes. Digamos que el 9 tiene más o menos la siguiente forma (yo soy un horror dibujando):

El trazo suele ser bastante grueso (en comparación con el tamaño de la estrella y del dígito) y casi parece un 8, pero no lo es. En esa diferencia radica justamente la primera variante, la de 1892 (8-2). En este caso la primera estrella es un 8, exactamente igual al de los 50 céntimos de 1889 (8-9).  Para esa variante no es tanto la cuestión de intentar dejarnos los ojos para ver si se llega a cerrar el rabito del 9 y en la estrella aparece un 8; si se trata de la variante 1892 (8-2) se nota. La primera estrella sería como la siguiente:

Las otras dos variantes de la estrella izquierda son mucho más fáciles de ver. La primera de ellas es la de 1892 (2-2), en la que ambas estrellas tienen el dígito “2”, viene a ser como la siguiente:

La otra variante es la de 1892 (6-2), también llamada 1892 (G-2). Viene a ser lo mismo: la primera estrella no es ni un “6” ni una “G”, sino un “9” al revés. Un 9 al revés suele parecer un 6, pero como en este caso el grafo es muy redondeado y muy cerrado casi parece más una G. En cualquier caso, detectarlo es bien sencillo porque está el número al revés.

Tengo que decir que a esta variante la tengo especial cariño porque quizá haya sido la compra numismática que más me haya pensado. No hacía mucho que empezaba yo en el mundillo de las monedas y me ofrecieron la pieza que pongo en las fotos que siguen por 110 euros. Es un precio estupendo, pero yo no controlaba el mercado y dudaba muchísimo. Además, por aquellos años gastarme 110 euros en una moneda me parecía un pastón. Intentar que mi novia me entendiese después fue todavía más difícil. La compré, ahí sigue y sigo muy contento con la moneda. Ahora me pienso muchísimo menos cuando hago compras de 1.000 euros (mi novia no sé si me entiende todavía pero creo que ya se ha acostumbrado).

Después de este paréntesis, seguimos:

Otras variantes se dan en las fechas del 1892, debido a la reutilización de cuños de 1889, dando lugar a la variante 1892/89(9-2). Para detectar la variante basta con fijarse bien en el 9 y ver si aparece un exceso de metal en la panza, debido a que hay un 8 debajo. Se observa algo como esto:

Aparte de las variantes en fechas, una que se suele olvidar todo el mundo de comprobar es la variante de cambio de ensayador, que se da por reutilizar cuños de los ensambladores anteriores. En este caso es PGM/MPM. Si nos fijamos es fácil de ver, tan solo con observar la presencia de un exceso de metal alrededor de la “P” y de la “G”. En la imagen de abajo se observa perfectamente el trazo de la “P” bajo la “G”.

Con esta pequeña entrada se pueden detectar todas las variantes que yo conozco en la moneda de 50 céntimos de 1892. Hay que notar que pueden aparecer varias variantes a la vez. En global yo conozco las siguientes:

1892 – PGM (2-2)
1892/89 – PGM (2-2)
1892 – PGM (8-2)
1892 – PGM/MPM (8-2)
1892/89 – PGM (6-2)
1892/89 – PGM (9-2)
1892/89 – PGM/MPM (9-2)
1892 – PGM/MPM (9-2)

Todas las fotos que hay en la entrada provienen de mi propia colección.