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Voy a dedicar una entrada a los medios escudos por un motivo muy particular: me encantan los durillos. Ya sabéis que yo tengo cierta inclinación por El Centenario de la Peseta. Lo que no había dicho hasta ahora es que también me inclino por los duros peninsulares, tanto su versión en oro como su versión en plata (así que si alguno de mis lectores tiene alguno le recomiendo que me lo regale y así me motive para seguir escribiendo esta bitácora :p ).

Las monedas de medio escudo eran llamados generalmente “durillos” por el simple y llano motivo que equivalían a un duro, es decir a 8 reales, y eran más pequeños. En la entrada anterior ya dijimos que el cambio oficial en España entre el oro y la plata era de 1:16. Así pues, 16 reales de plata equivalían a 1 escudo de oro y de la misma forma, medio escudo equivalía a 8 reales. Pero mientras que un duro de plata rondaba los 27,5 gramos y tenía unos 36 milímetros de diámetro, un medio escudo pesaba 1,7 gramos y su diámetro era de unos 12 milímetros. Está claro por qué la llamaban “durillo”.

Todos los borbones desde Felipe V hasta Fernando VII, excepto Luis I, acuñaron durillos en diferentes cecas españolas, fundamentalmente Madrid y Sevilla. En este sentido, Felipe V, Fernando VI y Carlos III acuñaron en Madrid y Sevilla, mientras que Carlos IV y Fernando VII sólo acuñaron en Madrid. Además, Fernando VII hizo monedas de medio escudo en dos cecas americanas: Lima y México. A esto sólo hay que añadir unos medios escudos creados en Mallorca por Carlos II y por Felipe V, que fueron los primeros en acuñarse y cuyos ejemplares son muy raros. José I no acuñó medios escudos, básicamente porque unificó el real como medida monetaria en España.

Como veis, el espectro de  los medios escudos está bastante acotado, lo cual es una ventaja para coleccionarlos porque hay pocas cecas y son piezas muy fáciles de identificar. Otra ventaja es que se hicieron muchas piezas, sobre todo si se comparan con otras monedas de oro peninsulares. Esto hace que su valor numismático no sea muy elevado en general (aunque claro que hay rarezas), mientras que al tener poco oro, su valor de metal tampoco es excesivo. Así, muchos de los medios escudos nos los podemos encontrar por menos de los 200 euros en una conservación MBC.

Hay que destacar que fueron monedas que circularon bastante (de nuevo comparándolas con monedas de oro de la época). Eso hace que aunque no sea difícil encontrar ejemplares en MBC o en MBC+, encontrárnoslos en EBC+ o en SC no es tan frecuente. La buena noticia es que su precio es calidades altas no es demasiado elevado. Un durillo que en MBC ronde los 150 euros nos lo podremos encontrar en EBC+ por unos 300. Esa proporción de 2:1 es muy baja si se comparan con otras series españolas, donde pueden ser 50:1 o incluso más.  No digamos nada si se compara con las series americanas.

Pero no todo son ventajas. La primera desventaja es que, al ser monedas tan pequeñas, hay que tener buena vista para apreciarlas. Una vez me dijo un numismático que esas eran monedas para gente joven porque tenemos buena vista, y que según nos hacemos mayores vamos prefiriendo las onzas. Puede ser. O también puede ser que muy poca gente joven es capaz de soltar 1000 euros por una onza de las baratas. En cualquier caso, yo prefiero 10 medios escudos que una onza, si me diesen a elegir.

La otra desventaja (y para esta hay que concienciarse a priori) es que son monedas que se han usado muchísimo para joyería. Con los durillos se han hecho botones, gemelos, anillos, pendientes… (hay que tener mal gusto para llevar un retrato de Carlos III colgado de la oreja, pero hay gente para todo). Por eso es muy normal encontrarse medios escudos agujereados o con soldaduras. Ver que alguien ha taladrado una moneda con la que sueñas para tu colección genera cierta frustración, así que estad preparados para ello si os queréis poner a coleccionar medios escudos.

En global, creo que son monedas asequibles para el público general. No digo que sean baratas y que nos podamos comprar medios escudos todas las mañanas como quien compra el periódico, pero pocas series permiten coleccionar monedas de oro en una calidad aceptable por unos 150-200 euros/pieza. Otras series que rondan esos precios son algunas árabes, pero esas son mucho más complicadas de comprender. Así que quien se vea atraido por las monedas de oro,  no cuente con un capital demasiado grande y tampoco quiera complicarse la vida, creo que los durillos son una buena serie para coleccionar. Con tiempo, paciencia y alguna que otra cualidad podremos acabar teniendo una colección de durillos más que aceptable, como la que se subastó en Aureo en diciembre de 2008, que contaba con 138 piezas.

Las monedas de las imágenes son mías. Lo del brillo original es lo que más me gusta del oro.

Cuenta una leyenda que dicen verdadera:

No ha mucho que en esta nuestra España sucediera
que a un reputado comerciante se le apareciera
un hombre humilde con la cartera llena.

“¿Qué me trae usted en esa cartera?”

“Tan buena mercancía que hará tiempo que sus ojos no vieran
tal cantidad de libros antiguos como los que aquí os esperan.
Los he heredado yo de mi bisabuela
que era una mujer rica, con tierras, noble y marquesa”.

“Suerte tiene usted de heredar de esta manera,
que habiendo pasado por padres y abuelos todavía en la colección quedan
decenas de libros antiguos y que algunos incunables sean.
No se preocupe usted, caballero, que por mal que le venga
ya no pasará necesidades de aquí hasta que se muera.
Puesto que, una vez diga, y por escrito me lo ofrezca,
que esos libros en realidad vienen de su bisabuela
los publico en mi subasta, quizá la mejor de España entera”.

“¡Vive Dios que mi historia es verdadera!
y así por escrito usted lo tenga
que jamás de mi boca mentira saliera
puesto que he tomado votos de obediencia, castidad y pobreza”.

Así que el clérigo por escrito le entrega
la legal procedencia de la mercancía que lleva.
Mas el mercader tomó a la policía de consejera
para saber si se había robado alguna biblioteca
obteniendo una negativa respuesta.
Finalmente permitió que en pública subasta se ofrecieran
los libros de la supuesta bisabuela
de aquél cura, fraile o lo que fuera.

Todo parecía genial, miel sobre hojuelas
se llevó el comerciante su parte y el cura muchos millones de pesetas.

Pasan los años y de aquello nadie se acuerda
hasta que un nuevo obispo aparece en escena
y solicita un inventario de la Diócesis completa.
¡Madre del cielo! ¡Menuda faena!
¡Que a la Santa Madre Iglesia le han robado en su biblioteca!

Para entonces el culpable ya estaba palmera
y del dinero ni rastro, nunca lo metió en una cuenta
así que nunca sabremos si se lo gastó en putas o con la tabacalera.

El resto de la historia se lo imagina cualquiera:
Tras la pertinente denuncia, la justicia considera
que los libros regresen a su ubicación primera
y que los coleccionistas afectados indemnizados sean
por el dueño de la subasta, aunque delito no cometiera.

Y así acaba esta historia a la que dicen verdadera.

Esta tarde Alfonso Romero hizo la siguiente crítica a esta humilde bitácora:

…”visto desde fuera y tomado el blog en su conjunto, lo que se aprecia es un intento de descalificar al vendedor profesional de tipo privado (describiendo con cierta frecuencia las clases de jugarretas que pueden hacer al coleccionista) en beneficio de las casas de subastas, que según el blog nunca se la juegan a nadie (algo de todo punto falso pues quien esté libre de pecado que tire la primera piedra). En mi opinión si se quiere dar una imagen objetiva de este mercado hay que decir lo bueno y lo malo de todos los canales, no lo bueno de unos, lo malo de otros y a comparar pues esto sólo tiene un nombre: manipulación.
Que conste que, sinceramente, pienso que esto no lo haces adrede. Suele pasar que el que está “pariendo” un trabajo de tipo literario necesita que lo lea alguien imparcial para que vea la obra desde fuera, apreciando así errores que el que está dentro de la obra, sumergido hasta las trancas en sus complejidades, pasa por alto precisamente por carecer de esa perspectiva “desde afuera”. También quiero agregar que esta opinión no es solamente mía sino de bastante gente (tanto comerciantes como coleccionistas) con la que he hablado del tema, por lo que quizás pueda serte de utilizada conocerla”.

¡Tela marinera!

Ciertamente es algo que ya me habían insinuado en otras ocasiones pero la crítica se ha debido endurecer después de la última entrada. Alfonso sabe bien que no intento ser imparcial ni tampoco quiero manipular nada, prueba de ello es que en este blog no hay ningún tipo de publicidad para que mis opiniones no se vean condicionadas (evidentemente no se puede criticar a la empresa o el sector al que estás publicitando), porque ofertas ya he tenido.  Otra cosa que me extraña es que se hable de mí entre profesionales ¿tanto impacto tengo?

Los que me seguís desde hace tiempo ya sabéis que soy defensor de las subastas numismáticas y que son a las que considero el referente del mercado. Además, creo que son las grandes desconocidas por los aficionados principiantes: todo el mundo sabe que hay comerciantes que les proporcionarán monedas, pero muchos no saben que están las subastas especializadas. De hecho, unos cuantos me han escrito diciéndome que el mayor descubrimiento que han hecho gracias al blog es justamente ese: las subastas.

A pesar de ello, creo que es justo dedicar una entrada a reflexionar un poquillo sobre el papel que juegan los comerciantes profesionales en el mercado y las bondades de las compras privadas. Entiéndase por “comerciante profesional” no un tipo que le gusta la numismática y compra y vende de vez en cuando o con cierta frecuencia, ni tampoco aquél que se agarra una mesa plegable e improvisa un tenderete en la Plaza Mayor. Quiero decir una persona que se dedica excluvisamente al comercio numismático (o al menos de bienes materiales), que es su forma de vida: vive de ello y por ello paga unos impuestos.

El valor añadido que tienen estos comerciantes profesionales es, fundamentalmente, conocimiento de mercado. Conocen bien el mercado en el que se mueven, las monedas que compran y venden, a los diferentes profesionales y a coleccionistas… Por otra parte, lo que venden al coleccionista son, en mi opinión, tres valores:

 Confianza. Este, sin duda alguna, es fundamental. Cuando compras a un profesional debes estar seguro de que la moneda es auténtica y te puedes ir a casa tranquilo. Te llevas tu moneda junto con tu recibo y (posiblemente) un certificado firmado por el profesional autenticando la misma, la dejas en tu colección y no te quita el sueño pensar que pudieran haberte timado.

Asesoramiento. Quizá este es el que menos se valore, pero también lo veo importante. Acudir a un profesional y preguntarle si es preferible enfocar tu colección de tal o cual manera es un valor estupendo que hay que apreciar. En este sentido el profesional debe conocer a sus clientes y debe saber qué monedas recomendar a cada uno. Vender monedas no es como vender cebollas en la Plaza de Abastos, sino más bien como hacer un traje a medida del consumidor.

Conocimiento. Es otro de los puntos que no se valora y que nos pensamos que es gratis.  Muchas veces en una charla con un profesional se aprende más que habiendo leído tres libros. Sentarte tranquilo al lado de una persona que entiende mucho más que tú, poderle hacer preguntas sobre cómo valorar ciertas monedas, sobre si es buen momento para comprar cierto tipo de monedas o no, sobre el contexto histórico en el que se enmarca la pieza que le estás comprando… todo eso se debe valorar y pagar.

Ahora bien, si comparamos a este profesional con un pirata que te llama la atención desde una farola diciéndote que te deja no-sé-qué moneda muy barata… pues hombre, te puede salir bien o te puede salir mal, pero es evidente que con el pirata corres más riesgos, como bien dice Luis. Igualmente, si se compara al profesional con una casa de subastas veremos que en el primer punto la casa de subastas da tanta garantía o (en mi opinión) más que un profesional en una venta privada, pero el segundo y el tercer punto son valores inexistentes en una subasta.

En cuanto a sus márgenes de beneficio, ya se ha comentado por el blog y nos lo ha corroborado Luis: intentan que ronde el 100%, es decir, que buscan pagar por una pieza la mitad de lo que piden por ella al venderla (evidentemente esto es en monedas “normalitas”, no en rarezas ni en chatarra). Esto puede parecer mucho si se compara con  las cargas en las subastas numismáticas, donde rondan el 35%, pero no por ello comprar una moneda en una transacción privada va a ser más caro que comprarla en una casa de subastas. De hecho, a priori se pueden encontrar mejores precios entablando relación con los profesionales que acudiendo exclusivamente a casas de subastas. La razón ya la indicamos hace tiempo. Por otra parte, es evidente que si un profesional tiene que dedicar tiempo en comprar la moneda, tasarla, encontrar cliente, asesorarle y vendérsela, todo eso hay que pagarlo (recordemos que no es su afición, sino su profesión); también hay que tener en cuenta que el profesional paga sus impuestos, así como su Seguridad Social, un local con todos los gastos que acarrea… y le tiene que dar para sacarse un sueldo. No nos quejemos.

Por último, quisiera poner un par de ejemplos: una vez un comerciante amigo mío mandó a una casa de subastas una moneda valorada en 500 euros por la casa de subastas y con un precio de salida de 425 euros. Como no se vendió se la devolvieron, y al poco tiempo me la ofreció a mí por el precio de salida menos un 20%, que es lo que le iba a cobrar la casa de subastas. El segundo caso es que Enrique me dijo que el director de una conocida casa de subastas española compró una moneda por 5.000 euros en una transacción privada entre profesionales y luego la sacó a subasta por más de 20.000 euros de precio de salida (no diremos cifra exacta para no dar pistas), así que hay veces que las subastas también cuentan con márgenes más que envidiables.

Con todo, y para que os hagáis una idea, en torno al 80% de las monedas que hay en mi colección provienen de transacciones privadas. Algunas de esas monedas ilustran la entrada.

Finalmente quisiera hacer un apunte que va más allá de la temática de la entrada. Como habéis visto, Alfonso hizo una crítica muy dura al blog, pero es una constructiva, donde me da su opinión para poder mejorar el blog. Cualquier crítica en este sentido será muy bienvenida, da igual que provenga de una eminencia sobre la numismática o de alguien que acabe de empezar. No me voy a tomar ninguna opinión a mal al no ser que sean insultos o amenazas (que también ha habido, no os penséis). Así que espero vuestras sugerencias para poder mejorar el blog en la medida de lo posible.

Esta es la segunda entrada en la que escribo de un tema del que me considero un auténtico ignorante y me guío por simple y llano sentido común. Así pues, hoy más que nunca  invito a quien me lea y entienda del asunto que haga comentarios para corregirme o para completar lo que indico. El asunto para hoy es tratar de dar algunas recomendaciones para fotografiar monedas.

Lo primero es decir que yo cuanto con una Canon Ixus 70 que adquirí hace un par de años por unos 200 euros. Es una simple y llana compacta que me sirve tanto para llevármela de viaje, como para hacer fotos familiares y para fotografiar monedas (últimamente es para lo que más la uso). No hay mucha historia: yo ni sé manejar objetivos ni focos de luz ni cosas de esas; y a decir verdad tampoco tengo mucho interés en dedicar tiempo y dinero en ello. Así que después de esta declaración de principios, si sigues leyendo la entrada es porque debes estimarme bastante.

Como adelanto, he aquí fotos que he hecho yo:

El objetivo que tengo al hacer fotos a una moneda es mostrar sus detalles, tanto los buenos como los malos. Así pues, sigo los siguientes principios:

La iluminación siempre a base de luz natural. Esto permitirá que se vea el brillo real de la moneda.

–  La moneda siempre desnuda. Que entre el objetivo y la pieza no haya nada. Si la moneda está metida en un cartón o en un álbum, pues se saca que tampoco cuesta tanto.

Suelo colocarme las monedas en la mano. Esto lo hago simple y llanamente para provocar envidia a quien ve las fotos.

Que la foto esté bien enfocada y se vean nítidos los detalles. Esto es evidente.

–  Se debe fotografiar el canto, que es la tercera cara de la moneda.

Todos los detalles se deben apreciar de tal manera que a partir de las fotos se pueda valorar el estado de conservación de la pieza de la manera más justa posible. Esto quizá es lo más importante y lo más difícil.

Os dejo otras fotos que he hecho a una moneda:

El último punto digo que es el más complicado porque para llevarlo a cabo no es tan importante entender de fotografía como ser capaz de valorar la moneda.  El truco está en lo siguiente: piensa en todos los detalles en los que te fijas para valorar la moneda que estás fotografiando y haz fotos que muestren esos detalles de la forma más nítida posible. Por ejemplo, si tiene brillo original haz que sea evidente, si tiene una manchita enfócala bien para mostrar que no es óxido, si hay un golpe en el canto dedícale una foto, si se aprecia cierto desgaste en una zona muéstralo claramente… intenta que se vea la moneda en las fotos igual que cuando la tienes en la mano.

Otra cosa es qué se hace después con las fotos. Si resulta que se las muestras a unos amigo para enseñarles la moneda, lo mejor es sólo pasar aquellas fotos que resaltan los puntos fuertes de la pieza; ahora bien, si se pasa las fotos a alguien que está interesado en comprarte o cambiarte la moneda siempre hay que resaltar tanto los puntos fuertes como los débiles para que después no haya sorpresas desagradables y se considere engañado.

Dicho esto hay que añadir que hay gente que entiende la fotografía numismática de forma totalmente diferente. Para ellos es como una expresión artística y lo que buscan es dejar un resultado bonito, más allá de hacer justicia con la pieza. Un ejemplo es Chencho, un forero de Imperio Numismático que pone unas fotos preciosas de sus monedas. Con las siguientes fotos os podéis hacer una idea de cómo se pueden obtener imágenes preciosas a partir de monedas muy humildes:



Eso de hacer fotografías artísticas ya es otra cuestión que a mí me supera. En este hilo se ha estado debatiendo sobre el asunto, aunque si a alguien le gusta el tema le recomiendo que se pase por los foros americanos, donde a la gente le encanta el asunto. Sin ir más lejos, hay un puñado de foros dedicados a la fotografía numismática: un ejemplo, otro ejemplo y otro más. También hay editado un libro llamado “Numismatic Photography”, recomendado por A.C. Dwyer y que debe estar bastante bien. En castellano está este otro texto, escrito por José Ángel García.

A la hora de tasar una moneda el aspecto más crítico, sin ninguna duda, es el valorar el estado de conservación de la misma. Ya se comentó por aquí la enorme diferencia de precios que puede haber entre dos monedas cuya conservación sea prácticamente indistinguible para un ojo no entrenado. Mi opinión es que hasta que no tengamos callo en ese asunto y sepamos diferenciar un EBC de un SC- y de un SC no nos metamos en monedas de alta calidad, porque una equivocación puede hacernos perder un montón de dinero.

Pero claro, no es nada fácil entrenarse en ese asunto. Un ejercicio que ya recomendé consiste en hacer uso de las casas de subastas, que son los “estándares” para este asunto. En mi opinión la casa de subastas Aureo tasa las monedas de forma muy justa, al menos la moneda española a partir del siglo XVI, que es la que a mí más me interesa; para moneda clásica mi colega Carlos considera a Vico como mejor tasador, pero yo de ese tipo de piezas no entiendo lo suficiente como para tener una opinión formada.  Una vez seleccionada la casa de subastas, el ejercicio consiste en ver una foto de una moneda que se vaya a subastar e intentar valorar su grado de conservación. Posteriormente se ve la descripción de la moneda y se ve si se ha acertado. Si hacemos esto bastantes veces conseguiremos entrenar el ojo.

Lo que pasa es que algunos preguntan que en qué se tienen que fijar, sobre todo al principio cuando en un primer vistazo a la moneda no nos vamos a los detalles más importantes. En mi opinión, el aspecto más relevante a la hora de tasar una moneda es el desgaste que ha sufrido la misma, por lo tanto hay que fijarse en los relieves más notorios de una moneda para ver si se ha desgastado o no.

Voy a usar como ejemplo una moneda de la que tengo en casa dos ejemplares. Es una de mis favoritas y es una moneda relativamente fácil de tasar porque tiene muchos relieves y muchos detalles que se pueden desgastar. Se trata de los 10 céntimos de 1870. Un colega mío dice que para valorar esa moneda hay que estar un poco salido y mirarle directamente a las tetas. Chistes aparte, tiene mucha razón porque es justamente el pecho de Hispania lo más sobresaliente del anverso y lo que primero se desgasta. Por la parte del reverso suele estar bien mirar con detalle la melena y la cola del leon, fijándose que tenga mucho pelo, así como que el escudo presente todos sus detalles.

Por ejemplo, aquí muestro un ejemplar que yo valoraría en EBC.





La apariencia global de la moneda es estupenda, y el pecho está muy bien, sin embargo la cara de Hispania y la melena del leon presenta cierto desgaste (olvidaos ahora del rayón) y el escudo, aunque presenta todos sus detalles al fijarnos muy de cerca se ve cierto desgaste en el castillo y en la cabeza del leon.

Se puede ver la diferencia con otra pieza que apareció aquí y yo catalogaría como MBC+


En este caso se puede ver la diferencia evidente en el pecho de Hispania en un caso y en el otro. De igual manera, el leon del escudo en el segundo caso no tiene apenas melena y el castillo está más desgastado.

Estas diferencias deberían ser bastante fáciles de ver. Ahora vamos a pasar a otras más complicadas:

La anterior moneda se subastó en Aureo en la famosa subasta Hipania y está catalogada como EBC+/SC-. ¿Alguien ve alguna imperfección en esta moneda? Yo creo que en la cara del anverso hay un mínimo desgaste en la cara de Hispania, mientras que en el reverso aunque no veo que haya desgaste, aparecen ciertas rayitas en el cuerpo del leon. De todas formas, la diferencia entre esta y un perfecto SC es muy sutil y muchas veces no se puede apreciar en una fotografía, pero a la vez esas sutilezas pueden hacer que el precio se dispare y llegue a doblarse (mucho más cuando hablamos de moneda americana). Por lo tanto, no nos queda otra que la confiaza en el vendedor y su honradez a la hora de tasar las monedas. Concretamente, este ejemplar se remató en 220 euros; en caso de estar en completo SC yo diría que probablemente se hubiesen superado los 300 euros.

Aquí dejo otra imagen de una moneda que fue subastada en Aureo el pasado 17 de marzo y yo por más que la miro no la encuentro ninguna imperfección. Sin embargo, Aureo la cataloga como SC-. Algo verán, yo sólo veo unos excesos de metal. Se remató en 186 euros.

Evidentemente, no sólo el desgaste influye en la valoración de la moneda y en la tasación de la misma. La aparición de golpes, rayas y por supuesto la manipulación de la moneda (limpiezas, graffitis…) hacen que varíe muchísimo su precio. Por eso, yo suelo hacer explícitos esos defectos de forma separada a la conservación. Es decir, que para la primera moneda de 10 céntimos de 1870 no pienso “bueno, es un EBC pero como tiene un rayón muy feo la dejaremos en MBC”, sino que pienso: “es un EBC con un rayón muy feo”. Obviamente, si tengo que ofrecérsela a alguien le mostraré claramente la raya para que no haya sorpresas.

Por último, voy a dejar unas fotos de dos duros de 1884 que han pasado por mis manos. El primero es el siguiente.

Aquí van las fotos del segundo

No voy a decir el estado de conservación en el que se encuentran, pero ambas son monedas con muy buena presencia, bonitas y dignas de cualquier colección. Ambas las compré en subastas públicas. Bueno, pues el precio de la segunda es más de 10 veces el de la primera. Ahí está la pregunta que se deben hacer los coleccionistas: ¿preferimos tener 10 monedas de la calidad de la primera o una de la calidad de la segunda? Eso es decisión de cada uno, pero yo no recomendaría a nadie a que vaya a por moneda de altísima calidad si antes no es capaz de diferenciar los matices que hacen que el precio se multiplique.

Una de mis monedas favoritas son los 50 céntimos de 1892, porque a la vez que es una moneda humilde que todo el mundo se puede permitir tener en buena calidad, es una moneda que presenta bastantes variantes, algunas no tan fáciles de ver. Digamos que tiene su truco, y esta entrada se va a dedicar a explicar ese truco.

La moneda normal ya la conocéis todos, pero por si acaso os la presento.


Su estrella derecha es un 9, pero la grafía es bastante redondeada, con un rabito tan largo que casi llega a cerrarse. Es importante conocer bien esa grafía porque es justamente la estrella izquierda la que presenta las variantes más comunes. Digamos que el 9 tiene más o menos la siguiente forma (yo soy un horror dibujando):

El trazo suele ser bastante grueso (en comparación con el tamaño de la estrella y del dígito) y casi parece un 8, pero no lo es. En esa diferencia radica justamente la primera variante, la de 1892 (8-2). En este caso la primera estrella es un 8, exactamente igual al de los 50 céntimos de 1889 (8-9).  Para esa variante no es tanto la cuestión de intentar dejarnos los ojos para ver si se llega a cerrar el rabito del 9 y en la estrella aparece un 8; si se trata de la variante 1892 (8-2) se nota. La primera estrella sería como la siguiente:

Las otras dos variantes de la estrella izquierda son mucho más fáciles de ver. La primera de ellas es la de 1892 (2-2), en la que ambas estrellas tienen el dígito “2”, viene a ser como la siguiente:

La otra variante es la de 1892 (6-2), también llamada 1892 (G-2). Viene a ser lo mismo: la primera estrella no es ni un “6” ni una “G”, sino un “9” al revés. Un 9 al revés suele parecer un 6, pero como en este caso el grafo es muy redondeado y muy cerrado casi parece más una G. En cualquier caso, detectarlo es bien sencillo porque está el número al revés.

Tengo que decir que a esta variante la tengo especial cariño porque quizá haya sido la compra numismática que más me haya pensado. No hacía mucho que empezaba yo en el mundillo de las monedas y me ofrecieron la pieza que pongo en las fotos que siguen por 110 euros. Es un precio estupendo, pero yo no controlaba el mercado y dudaba muchísimo. Además, por aquellos años gastarme 110 euros en una moneda me parecía un pastón. Intentar que mi novia me entendiese después fue todavía más difícil. La compré, ahí sigue y sigo muy contento con la moneda. Ahora me pienso muchísimo menos cuando hago compras de 1.000 euros (mi novia no sé si me entiende todavía pero creo que ya se ha acostumbrado).

Después de este paréntesis, seguimos:

Otras variantes se dan en las fechas del 1892, debido a la reutilización de cuños de 1889, dando lugar a la variante 1892/89(9-2). Para detectar la variante basta con fijarse bien en el 9 y ver si aparece un exceso de metal en la panza, debido a que hay un 8 debajo. Se observa algo como esto:

Aparte de las variantes en fechas, una que se suele olvidar todo el mundo de comprobar es la variante de cambio de ensayador, que se da por reutilizar cuños de los ensambladores anteriores. En este caso es PGM/MPM. Si nos fijamos es fácil de ver, tan solo con observar la presencia de un exceso de metal alrededor de la “P” y de la “G”. En la imagen de abajo se observa perfectamente el trazo de la “P” bajo la “G”.

Con esta pequeña entrada se pueden detectar todas las variantes que yo conozco en la moneda de 50 céntimos de 1892. Hay que notar que pueden aparecer varias variantes a la vez. En global yo conozco las siguientes:

1892 – PGM (2-2)
1892/89 – PGM (2-2)
1892 – PGM (8-2)
1892 – PGM/MPM (8-2)
1892/89 – PGM (6-2)
1892/89 – PGM (9-2)
1892/89 – PGM/MPM (9-2)
1892 – PGM/MPM (9-2)

Todas las fotos que hay en la entrada provienen de mi propia colección.

La entrada de hoy no la voy a dedicar a la numismática, sino a otro coleccionismo con el que también he disfrutado un montón: las botellas en miniatura. Se tratan de pequeñas botellas de vidrio (ahora también las hacen de plástico, pero esas no las colecciono) que contienen un licor de marca comercial. Antiguamente se regalaban a los comerciantes para que las diesen de muestra a sus clientes; ahora es típico venderlas como souvenirs o como producto de degustación.

La cuestión es que yo las colecciono, aunque la verdad es que últimamente tengo esa colección bastante parada y me dedico más a la numismática. La razón última por la que he aparcado (al menos temporalmente) la colección es que para mí era demasiado sencillo hacerme con cientos de botellas, y por lo tanto perdí el interés por conseguirlas. Me explico: yo soy una persona que me muevo por retos; todas las decisiones importantes que he tomado en la vida las he intentado porque no estaba seguro de si iba a ser capaz de conseguirlas, así que como llegué a un punto en el que compraba lotes grandes, de entre 200 y 1200 botellas, y sacaba lo puesto vendiendo las que me salían repetidas. Así que hubiera podido tener una colección de 20.000 botellitas (por poner un número) si hubiera dedicado el tiempo necesario. Ya sabía que era capaz, así que por eso vendí las tres cuartas partes de la colección y dejé (temporalmente) de coleccionarlas.

Aún así, reconozco que coleccionar botellitas tiene alguna ventaja con respecto a la numismática. Principalmente la sorpresa de abrir una caja enorme llena de botellas en la que no sabes qué te vas a encontrar. Te sientes como un niño de 5 años delante de los regalos de los Reyes Magos. La segunda ventaja es que una habitación en la que haya 4.000 botellas, como era mi caso, sorprenderá a cualquiera que entre. La tercera es que es un reclamo estupendo: describe brevemente la colección a la chica que te acabas de ligar, llévala a tu casa con cualquier escusa y… ¡¡será ella quien te pida ir a tu cuarto!! Funciona. Creedme.

Pero coleccionar monedas tiene muchas más ventajas a mi parecer. La primera de ellas es que la escalabilidad espacial de la colección. En un álbum de monedas del tamaño de un libro se puede tener una colección para quitar el hipo que haya supuesto el esfuerzo de una vida entera, mientras que a un ritmo de mil botellitas anuales pronto será necesario un almacén dedicado sólo para ellas. Yo he visto un local de unos 80 metros cuadrados en el centro de Valencia dedicado exclusivamente para almacenar una colección de botellitas. Preciosas pero el dueño está perdiendo una pasta por dedicar el local a su colección en vez de alquilarlo para montar un negocio.

Otra ventaja es que las monedas son objetos históricos muchísimo más estudiados y documentados, por lo que se puede adquirir una cultura mucho mayor coleccionando monedas que botellitas. Además, una colección de monedas siempre será una inversión, mientras que una colección de botellitas no. Finalmente, para mí lo más importante, es que la numismática siempre te puede suponer un reto porque hay muchos tipos de colecciones y cada cual selecciona aquella que más le gusta o en la que puedas encontrar nuevos desafíos. Si al principio completar una colección de El Centenario ya me era una dificultad, ahora lo es hacerme con ciertas piezas de mayor calidad y quizá dentro de un tiempo lo sea hacerme con sestercios imperiales o quizá me pondré a estudiar dirhams almohades ¿quién sabe?. Es un mundo muy amplio y el tipo de retos que me puedo encontrar es muy variado.

Aún así, coleccionar botellitas me enseñó un montón de cosas que luego pude aplicar para cuando me puse a coleccionar monedas. Por ejemplo la idea de comprar y vender lotes, la necesidad de hacer contactos, el saber tratar a la gente y ver de qué pie cojea cada uno… si bien es cierto que el perfil de coleccionista de botellitas es un hombre de unos 20 años y con pocos recursos económicos, al que hay que tratar de forma diferente (pero con el mismo respeto) que al coleccionista de monedas, que suele ser un hombre más mayor.

En las fotos muestro algunas de las botellas de mi colección.

Dentro de los diferentes duros de plata de Amadeo I se pueden encontrar las siguiente variantes, tal y como fueron citadas en el blog hace ya algún tiempo:

1871 – SDM (18-18)
1871 – SDM (18-71) Sin punto después de G
1871 – SDM (18-18) Base de columna derecha más corta
1871 – SDM (18-18) oreja rayada
1871 – DEM (18-18)
1871 – SDM (71-18)
1871 – SDM (18-73)
1871 – DEM (18-73)
1871 – DEM/SDM (18-74)

Como se ve, todos los duros de Amadeo tienen fecha de 1871 y son las diferentes estrellas y los ensayadores (Eduardo Díaz Pimienta y Julio de Escosura Tablares en el caso de DEM y Donato Álvarez Santullano y Eduardo Díaz Pimienta en el caso de SDM) los que dan más o menos valor a la pieza. Sin duda alguna, la variante más común es la de 1871 (18-71), las de estrellas (18-74) y (18-75) hasta hace poco eran también muy sencillas, pero ahora parece que escasean bastante. En cualquier caso, claramente la más difícil es la moneda de 1871 (18-73) DEM, a la que hoy se dedicará la entrada.

El duro de Amadeo I de 1871 (18-73) (o “duro del 73”) es la típica moneda que falta en muchas colecciones durante bastante tiempo, pero que si se busca al final se puede encontrar por un precio razonable. Eso sí, la mayoría de nosotros sólo podemos aspirar a conseguirla en calidad MBC-. Esto es debido a la escasez de esta pieza de la que, según Cayón y los Hermanos Guerra, sólo se acuñaron 46.000 ejemplares, que pueden parecer muchos, pero no son nada si se comparan con los casi 25 millones de duros que emitió Amadeo.

Ya os podéis imaginar, si no es que lo supieseis ya, que el duro del 73 es una de las piezas más buscadas de El Centenario, y como sólo se distingue por un pequeño detalle de otra moneda muchísimo más barata, hay multitud de duros falsos obtenidos a partir de troquelas las estrellas de un (18-71). Sin ir más lejos, yo mismo he recibido al menos media docena de correos de gente diciéndome que tiene un duro del 73 herencia de su abuelo, y cada poco he visto a gente preguntando lo mismo en foros, dando por supuesto que son buenos y pidiendo que alguien se los tase. De toda esta gente nadie ha podido confirmar que tenga un duro del 73 auténtico.

Esto hace que haya que ser muy precavido a la hora de adquirir uno de estos duros, porque es fácil que lo que nos ofrezcan sea un duro troquelado. Para detectar la autenticidad del mismo sólo sirve estudiar con sumo cuidado la segunda estrella; pero este examen es difícil porque al ser un duro que ha circulado carecerá de brillo en la estrella sea auténtico o troquelado. Por eso no nos podemos fiar del brillo original como se hacía en otros casos (un ejemplo y otro ejemplo), aquí no queda más que conocer de memoria la forma del 3 y la profundidad del trazo y saber identificar si el dígito es bueno o si lo han hecho con un punzón. La imagen de abajo muestra en detalle una estrella auténtica (la moneda es mía).

El 3 tiene que estar formado en la mitad de arriba por dos trazos rectos, y luego tener una panza redondeada. El trazo superior del 3 debe estar alineado con el del 7, y la posición del dígito debe estar centrada con respecto al inicio de los dos picos de la derecha de la estrella. El grosor del punzón debe ser del mismo grosor que el del 7 y también que los dos dígitos de la otra estrella. Aún así, sólo recomendaría comprar esta pieza a vendedores de mucha confianza y (a poder ser) teniendo factura.

Un último apunte es que en la entrada se ha hablado del duro de 1871(18-73) DEM y Cayón también cita un duro de 1871 (18-73) SDM por error. Yo incluí esa variante citada por Cayón en la lista de variantes de duros, pero a decir verdad nunca he visto ese error, ni en mano ni en una subasta. No estaba ni tan siquiera en la subasta Hispania. Así que por mi parte, y como dicen los expertos, se trata de “una variante no confirmada”.

En cuanto al precio, el duro que se muestra justo arriba está en calidad MBC+ y se remató en la subasta Hispania por 850 euros. El resto de fotos son de un duro del 73 que tengo yo.

En los correos que me mandan los lectores esporádicos de esta bitácora los dos temas que más me preguntan es que les tase sus monedas y que cómo se limpian monedas. Sobre el tema de las tasaciones se habla largo y tendido en el blog, sin embargo el tema de la limpieza no se ha tratado todavía por el simple hecho de que yo no tengo ni idea. No he limpiado nunca una moneda ni tengo pensado hacerlo. Pero como me lo preguntáis tanto escribiré esta entrada con algunos consejillos y luego que cada cual haga lo que quiera.


Lo primero que hay que tener en cuenta es que al limpiar una moneda lo normal es que su valor numismático se pierda totalmente o al menos decrezca significativamente. Así pues, si tienes una moneda que creas que valga para algo, lo mejor es que no la limpies, porque si lo haces previsiblemente la estropearás. En caso de tener monedas de Franco circuladas, monedas del mundo o alguna otra de poco valor, entonces sí que podremos limpiarlas puesto que no tienen un valor numismático que perder.



Si la suciedad de la moneda no está “pegada” y es un simple ennegrecimiento, entonces es posible que simplemente con agua y jabón se pueda quitar. Para ello, úntate un poco de jabón de lavarse las manos en los dedos, coge con ellos la moneda y ponla bajo un grifo de agua mientras la masajeas con cuidado. Toca la moneda sólo con los dedos, no rasques con las uñas ni con otro elemento. Una vez que hayas quitado el ennegrecimiento, deja la moneda sobre una toalla y sin frotarla espera a que se seque.

Ciertamente, este método no es nada agresivo y se puede llevar a cabo sin mucho riesgo de que vayamos a estropear la pieza. Con otros métodos que requieren aplicar productos químicos hay que tener mucho más cuidado.

De entre esos productos químicos la estrella es el amoniaco. Mucha gente lo que hace para engañar a los nuevos es sumergir las monedas de plata en amoniaco y luego sacarlas y frotarlas. Quedan totalmente limpias y brillantes, aunque el brillo que tienen no original, sino uno muy feo que no gusta a los coleccionistas. Además, el amoniaco se come todos los relieves de la moneda y ésta queda para el arrastre. No obstante, hay gente que consigue engañar a novicios en la materia haciéndoles creer que esas monedas limpiadas están realmente en calidad sin circular.

Yo no recomendaría a nadie destrozar sus monedas a base de amoniaco o limpia-plata, pero si tenéis piezas de plata, estáis seguros de que no valen  más que su peso y las queréis dejar brillantes, es una técnica que podéis emplear. También es típico usar el amoniaco cuando se van a utilizar las monedas para ostentar, por ejemplo si se usan para arras de boda. En cualquier caso, tened en cuenta que un  coleccionista que entienda mínimamente siempre va a preferir tener monedas con pátina de años, aunque no brillen tanto.

Luego hay un montón de “técnicas avanzadas” de limpieza de monedas. Se podría escribir un libro sobre ello, pero yo no tengo ni idea así que malamente puedo escribir un párrafo. Hay gente que tiene métodos para limpiar el óxido de las monedas; yo siempre intento comprar piezas sin óxido y las guardo de forma que no les sale, por lo que no he tenido que limpiarlas.  También hay gente que podría escribir un montón sobre cómo limpiar monedas medievales o romanas. Ya os digo que yo no entiendo sobre el tema, pero os aconsejo que os paséis por el foro de Imperio Numismático y por el de Identificación Numismática, que cuentan con sendos subforos dedicados a la limpieza de monedas. Ahí seguro que hay aficionados que os pueden resolver las dudas más precisas.

Un último apunte es que las imágenes que forman la entrada son dos monedas de mi colección y no tengo ningún interés en limpiarlas. La primera se trata de una peseta de 1869 con leyenda “Gobierno Provisional” y la segunda 2 pesetas de 1882 estrellas (18-82). Están ennegrecidas pero tienen muy poco desgaste; a mí me gustan mucho así, quitarles ese ennegrecimiento sería quitarles buena parte de su aura. Lo más gracioso es que esa segunda moneda tiene el reverso prácticamente sin circular y con casi todo su brillo original, como se muestra en las fotos siguientes.


Hago una turbo-entrada porque acabo de enterarme, gracias a rtve y a revistadearte, de que desde hoy mismo se pueden comprar los 12 euros conmemorativos de 2010, dedicados esta vez a la presidencia española de la Unión Europea. A mí me gusta más cuando se conmemora un acontecimiento artístico que uno político, pero ¿qué se le va a hacer? yo no pongo las normas. La moneda que veis es la que ya se puede adquirir según la FNMT.

Ya sabéis que a mí no me gustan nada las monedas conmemorativas, porque las veo como una manera de que el Estado recaude dinero. Sin embargo, éstas sí que las colecciono y todos los años acudo religiosamente al Banco de España a comprar tres piezas: una para mi padre, otra para mi hermano y otra para mí. Empezó mi padre a comprarlas allá por el año 94 y desde entonces así lo hacemos, tampoco es mucho dinero.

Lo que hay que tener en cuenta es que no es necesario comprarlas a intermediarios. Lo digo porque he visto sitios como el blog de Isidro en el que a las monedas de 12 euros se les da un precio superior a 12 euros. Es más, en ciertas numismáticas y en mercadillos se venden por entre 13 y 16 euros, por si acaso alguien pica. Pues no, si queremos una moneda de 12 euros, aunque sea de otro año, lo que hay que hacer es ir directamente al Banco de España y allí te la dan sin perder dinero. Al menos hasta el año pasado no se había agotado ningún año, porque un tipo delante de mí compró una de cada.

Otra cuestión son las monedas de 2000 pesetas, las cuales ya no se dan en el Banco de España. Entre ellas las hay muy baratas, que apenas han subido en muchos años, como la del año 1994, y otras que han subido considerablemente, como la del año 2000.

EDITO:

Para decir que además de la moneda de 12 euros, también se emite la de dos euros conmemorativa de Córdoba, tal y como informa Pulifil (de donde se ha obtenido la foto de abajo). De esta moneda ya hablamos aquí.

Igualmente, todo aquel que quiera la moneda no tiene más que ir al Banco de España y comprar un cartucho por 50 euros. Se queda con una moneda y las otras se las gasta. No tiene sentido pagar por estas piezas más de dos euros. Lo que sí es cierto es que estos cartuchos no suelen tardar demasiado en agotarse, quizá un par de meses o así. No es que haya que tener prisa, pero está claro que el año que viene no quedará ninguno.