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La Navidad es una época entrañable en la que la tradición católica ha abierto la puerta al consumismo más salvaje. Hay que regalar cosas a los amigos, familiares y allegados para demostrar lo mucho que les queremos. No importa qué les regalemos, la cuestión es habernos gastado dinero pensando en ellos, que es de los actos más bonitos que se pueden hacer hoy en día. Resulta que de entre todos los que en estas fechas hacen regalos de Navidad hay algunos que regalan monedas, que me parece a mí que puede ser un regalo socorrido (se lo puedes regalar a casi todo el mundo) y bastante original (muy poca gente las regala).

Las monedas pueden ser un regalo muy didáctico para niños. Ya he comentado lo interesante que veo la numismática para los benjamines de la familia; si se les regala un pequeño álbum de monedas y un puñado de unas 300 piezas variadas de todo el mundo, el lote puede andar por los 20 o 30 euros. Después tendremos un enorme “trabajo” de clasificación de las monedas por países, de enterarnos dónde están esos países, qué animales o plantas aparecen en ellas… mucho tiempo que se puede compartir con los niños con un juguete educativo low-cost. Si al muchacho le motiva más adelante se le puede regalar otro puñado de monedas ¿por qué no?

Un regalo más pensado para adultos sería regalar Bullion, como el año pasado recomendaba Krugerrand. No obstante, a mí no me resulta un regalo muy apropiado. Por un lado porque no me llaman nada las monedas actuales de metales nobles y por otro porque creo que los precios de los metales nobles están muy altos ahora y no saldría nada barato el regalo.

En ese aspecto creo que sería más adecuado regalar una moneda antigua de plata, mejor aún si es de módulo grande, porque suelen ser más vistosas para quienes no son coleccionistas natos. Si la persona a la que se regala la pieza es aficionado a la historia o le gusta un periodo determinado por alguna razón se le puede regalar una pieza de ese periodo. Por ejemplo, si resulta que le gusta el Western, aunque no le llame nada la numismática, un Mongan Dollar como el que se muestra abajo sería un regalo barato y que seguramente le hiciese gracia.

Por último, y por raro que parezca, no recomendaría regalar una moneda a un coleccionista. Esto se debe a que una colección es algo muy particular y nadie sabe mejor que el propio coleccionista qué le falta o qué le interesaría tener. Si esa falta es una moneda barata y fácil de conseguir entonces lo normal es que el coleccionista ya se haya hecho con ella; por eso, regalar una pieza que le falte a un aficionado no suele ser ni fácil ni barato. En mi opinión, si se quiere hacer un buen regalo a cualquier coleccionista lo mejor es incrementar su biblioteca: seguramente hay algún manual que no sea muy caro y que todavía no tenga. A cualquiera que le guste la numismática le encantará como regalo un manual sobre monedas, aunque sea de periodos que él no coleccione o por los que todavía no se haya interesado. En este blog ya han aparecido unos cuantos pero hay muchos más que son del interés de cualquier aficionado.

Voy a escribir una entrada rápida para recomendaros unas lecturas para estas Navidades: la revista Numisma. Se trata de una publicación bimensual dedicada al estudio numismático que se edita en castellano. En ella se han publicado artículos y ensayos de diferente naturaleza que provienen de estudios realizados fundamentalmente por académicos, aunque pensando en un público más general del típicamente universitario.

En mi opinión los trabajos tienen, en general, una calidad muy buena. Cada ensayo profundiza en un tema concreto, es decir, que nadie espere artículos en el plan de “la moneda romana”, sino más bien títulos del estilo “Problemas técnicos de la fabricación romana en la antigüedad”. No son artículos introductorio ni tampoco suelen ir dirigidos a los coleccionistas o comerciantes, sino que se centran en cuestiones históricas y buscan profundizar en un tema muy concreto. No obstante, estoy seguro de que cualquier aficionado que lleve un tiempo en este asunto encontrará material más que interesante en esta revista que le servirá para profundizar en los temas que más le gustan.

La crítica  fundamental que hago a Numisma es que no hay revisión entre pares, la cual es fundamental en la metodología investigadora o científica. Es decir, que los autores envían sus trabajos a la revista y son los editores quienes deciden si se publica el texto íntegro o no se publica nada, no se cuenta con la opinión crítica de otros investigadores para revisar y mejorar el texto que se va a publicar. Por ello, no considero que Numisma sea una revista de investigación, lo cual tampoco es algo fundamental para nuestros propósitos.

Numisma es editada por la Sociedad Iberoamericana de Estudios Numismáticos y distribuida (al menos en España) por la FNMT.  Lo mejor de todo esto es que en esta web se  encuentran  231 números de esta revista (desde su creación en 1951 hasta 1992) cuya descarga es totalmente gratuita. Yo llevo un tiempo leyéndome de vez en cuando algún artículo y calculo que en unos 20 o 30 años habré acabado con todos. Si queréis leer los números más recientes en papel lo que podéis hacer es pedirlos a la tienda del Museo de la FNMT (tienen todos los que no están en la web) o ir a alguna de las entidades que reciben la revista (aquí está la lista) y solicitar que os la dejen leer. Yo tengo bastante suerte porque se recibe en la universidad donde trabajo, así que cuando dentro e 20 años acabe de leerme los artículos on-line me pondré con las revistas en papel.

La imagen de la entrada tiene una de las pátinas más bonitas que he visto en mi vida. Se trata de 50 centavos de 1807 que se subasta en enero de 2011 dentro de la colección Tampa FUN Signature & Platinum Night US Coin Auction

En mi opinión Almodóvar es  uno de los pocos grandes cineastas que ha dado España, y lo es gracias a que supo aprovechar la enorme libertad creadora que había en este país durante los 80. La movida madrileña no pasará a la historia como un movimiento de gran interés técnico o cultural, pero sí como la gran oportunidad de que en España saliera a la luz la cultura underground políticamente incorrecta. Algunas de las canciones que sonaban en aquella época no tendrían el apoyo de ninguna discográfica actual, y muchísimo menos películas como las primeras de Almodóvar. Ni siquiera Almodóvar hoy en día se atrevería a producir tales películas. Si no me creéis echad un vistazo a la siguiente escena de Pepi, Lucy, Boom y otras chicas del montón.

Una menor de edad se encapricha de una cuarentona maltratada (Lucy) y decide seguir el consejo de Pepi (que está haciendo encaje) de mear en la cara a la cuarentona, que resulta ser de Murcia. Ésta se excita sexualmente con la lluvia que le cae y todas salen satisfechas. Según avanza la película hacen una magnífica auto-referencia para explicar esa escena. También se va descubriendo que Lucy no es tan dócil como parece y que ella misma disfruta de los malos tratos propinados por su marido y por Boom. ¿Os imagináis que salga a la luz una película así hoy en día? Posiblemente fuese censurada por las autoridades, si no directamente sí indirectamente, cortando de raíz todas las subvenciones a la productora.

En la película de La Ley del Deseo las escenas son más sutiles, pero el argumento bastante duro también. Tenemos a triángulo amoroso entre homosexuales y tenemos que uno de ellos mata por deseo y por celos, que no por amor. Eso ya sería intolerable en el día de hoy, pero a ello le podemos añadir que se presenta un personaje femenino que se cambió voluntariamente de sexo cuando era un niño sin más objetivo que para poder tener relaciones incestuosas con su padre. Os dejo una escena.

En esta película se ve cómo el deseo trastoca totalmente la naturaleza de los personajes, deformándolos hasta el punto de que pierden su propia esencia y llegan a los más horrendos actos: lujuria, incesto, asesinato… En el caso de la numismática, también se han visto algunos casos en los que se han perturbado las personas por el impuso irrefrenable del deseo, si bien no hasta el punto al que llegan los personajes de Almodóvar, claro está. Pero es que no controlar el deseo es la forma más sencilla de convertir el coleccionismo en una obsesión, perder dinero y a medio plazo abandonar asqueado la afición.

Tal y como nos muestra Almodóvar, cuando se desea algo se hace cualquier cosa por obtenerlo a corto plazo, y eso desvirtúa la colección, que debería reflejar el fruto de un trabajo llevado con paciencia durante muchos años. A mi entender una colección no se debería hacer a base de poner grandes cantidades de dinero para hacerse con las piezas, ¡eso no tiene mérito! Yo creo que es más divertido entenderla como un conjunto de monedas que poco a poco van mejorándose y que, a muy largo plazo, lucirán una gran calidad.

Pero es muy común que al empezar una colección se quiera abarcar un periodo determinado (pongamos por caso El Centenario de la Peseta)  y lo normal es empezar por las baratas con la intención de tener una de cada una de las piezas que vienen en el catálogo en calidad BC+ o mejor. Al cabo de un año o dos lo normal es tener casi todos los huecos cubiertos, pero las piezas que faltan son las más raras (2 pesetas de 1891, 1 peseta de 1881, 1 peseta de 1884…).

Ahí es donde puede empezar el deseo: faltan cuatro piezas y hay que conseguirlas, hay que conseguirlas como sea. Yo nunca he llegado a ese punto, pero conozco gente que sí; mi recomendación es que paren, recapaciten y se lo tomen con mucha más calma. Eso sólo puede hacer que el deseoso comprador pierda dinero (se han dado casos de tener verdaderos problemas familiares por esa causa) y que cuando se dé cuenta coja manía a la numismática o la tenga que abandonar como única cura posible a su problema. Mi experiencia me dice que ese dinero perdido se puede dar por las siguientes condiciones:

Al desear una moneda se tiende a sobrestimar su calidad porque no se tiene la sangre fría como para observarla con detenimiento y encontrar sus fallos. Eso puede hacer que paguemos una moneda como EBC sin ser más que un MBC/MBC+. O más difícil todavía: será difícil contener la sangre fría para distinguir un EBC+ de un SC, y ya vimos que eso puede suponer mucho dinero.

Las prisas en encontrar una moneda pueden hacer que aparezcan intermediarios. Por ejemplo, un vendedor puede que no tenga una peseta de Benlliure, pero sí saber quién puede proporcionármela. Si tiene un cliente deseoso por conseguirla quizá se la pueda ofrecer, pero a un precio elevado porque tendrá que pagar la moneda y además llevarse su comisión.

Los vendedores utilizarán tu deseo para hinchar el precio. Es evidente que no es lo mismo llegar a un vendedor y preguntarle qué te ofrece, que le comprarás lo que sea siempre y cuando esté a buen precio, que llegar y decirle “estoy buscando la peseta de 1884”. Si resulta que la tiene ya sabe que el deseoso comprador está dispuesto a pagarla cara, así que la pagará cara.

El deseo no permite jugar con la volatilidad del mercado. Quizá resulta que lo que hoy se paga a 100 dentro de seis meses se paga a 80. También puede ocurrir que lo que un amigo nos ofrece hoy por 1000 dentro de dos años se quiera deshacer de ello (quizá porque lo tenga repetido o porque le haga falta el dinero) y nos lo ofrece a 600. Pero el que desea algo y lo quiere en ese instante lo normal es que lo pague caro.

Con todo, mi recomendación es la misma que la que hice aquí y aquí: no hay que tener una lista de monedas que faltan y que hay que conseguir, sino comprar moneda que ofrezcan a buen precio; este consejo me lo dio un amigo al poco de empezar en esto y seguirlo me ha hecho salvarme de muchos palos. A base de tiempo, se conseguirá tener una buena colección sin haber gastado dinero de más. Esto no quita que, evidentemente, nos podamos dar un capricho de vez en cuando (todos lo hacemos), pero cuando lo hagamos tenemos que ser conscientes de ello y de que estamos pagando por la moneda más de lo que vale.

El pasado Puente de la Constitución me acerqué a Andalucía y pasé, junto con mi novia, por Cádiz a conocer a la Tazita de Plata de la que tan bien habíamos oído hablar. Como ya sabéis, me encanta el arte y siempre que voy a una ciudad procuro visitar sus pinacotecas y, a poder ser, también su museo arqueológico. En el caso de Cádiz nos lo pusieron muy fácil porque en el Museo de Cádiz se encuentra tanto su principal colección de pintura como una buena colección arqueológica de objetos encontrados en Cádiz; tampoco faltaba un pequeño gabinete numismático, que es el que aquí vengo a presentar.

La colección del museo es bastante pequeña y apenas alberga piezas que tengan un importante valor numismático. Eso sí, hay muchísima variedad en las monedas expuestas y eso hace que sea muy interesante desde el punto de vista divulgativo. En la colección podemos encontrar unas cuantas monedas españolas de los Borbones, que son las que se muestran en las dos primeras fotos. La calidad de las piezas es muy regular y todas ellas están al alcance de cualquier coleccionista que se proponga tenerlas. No obstante, la variedad de las mismas hace que estén todos los monarcas representados y que más o menos se pueda apreciar todos los tipos de monedas que circularon por España en los últimos siglos.

Otra vitrina se dedicaba a mostrar la importancia de los metales preciosos que provenían de América (ya se habló por aquí de Potosí).  Había pocas monedas, y la más interesante sin duda eran los 8 escudos de Felipe IV que se presentan a continuación. Además, me pareció muy simpático un enorme lingote de plata sellado en el año 1687 que muestra que no todos los metales preciosos que venían de América se habían acuñado allá.

Una tercera vitrina se dedicaba a las monedas romanas, y quizá fuese la más interesante desde el punto de vista de la calidad de las piezas. Había en torno a una docena de monedas republicanas y otras veinte imperiales más o menos. Sin duda alguna la mejor de todas es el aureo de Nerón que se presenta a continuación.

Otra vitrina se dedicaba a las monedas íberas, aunque de nuevo la calidad no era una seña de identidad. Habría unas treinta monedas, algunas de las cuales fueron acuñadas en la mismísima ciudad de Cádiz.

Por último, otra vitrina contenía un pupurrí de cosas, entre las que cabían unas monedas chinas y japonesas bastante curiosas (se muestran abajo), varios libros de numismática de principios del siglo XX y un par de billetes del Banco de Cádiz (que también se muestran).

En general ya veis que para un aficionado a la numismática quizá no sea la mejor exposición. Pero la variedad de las mismas hace que pueda ser interesante para explicar las diferentes monedas a aquéllos que no tienen especial interés en la numismática y sin tener miedo a aburrirles. De hecho, yo mismo comenté las monedas a mi novia y creo que es la primera vez que me dice que una colección de monedas le resulta interesante.

El resto del museo es para verlo. A mí me encanta el barroco, así que me quedé embobado con la docena de cuadros de Zurbarán que  había pintado para el retablo mayor de la Iglesia de la Cartuja de Jerez. Muy buenos, una pasada. Además, había otros cuatro cuadros de Murillo que me gustaron más todavía (pero eso es gusto personal); estuve contemplándolos más de un cuarto de hora.

En la parte de arqueología puedo recomendar menos porque tengo un gusto menos definido. A mí personalmente me llamaron la atención las numerosas ánforas que se podían ver, procedentes de varios pecios. Igualmente me gustó la colección de sarcófagos que había, que cubría bastantes siglos y maneras muy diferentes de entender la muerte, desde los pueblos íberos hasta la Edad Media.

Del resto de la ciudad no quiero hacer ningún tipo de recomendación porque yo sólo he estado allí un día y me consta que hay varios gaditanos que siguen el blog. Así pues, dejo abierto a los comentarios de aquéllos que conozcan mejor que yo la ciudad que nos indiquen los buenos sitios para visitar, ya sea para ver monumentos, para irse a la playa o para tomarse unas cañas.

De vez en cuando aparecen noticias de que la Guardia Civil o la Policía Nacional han llevado a cabo una gran operación contra una red dedicada a expoliar bienes históricos y traficar con ellos. Sin ir más lejos, no hace mucho que detuvieron a 85 personas por estos motivos. Este tipo de noticias suelen poner nerviosos a algunos coleccionistas que creen que en cualquier momento puede venir la Policía Nacional a su casa a quitar su querida colección, que tanto esfuerzo le ha supuesto. Esto lo estuvimos comentando en el foro de Imperio Numismático y cómo me surgieron algunas dudas al respecto se lo pregunté a unos colegas que trabajan en el juzgado con los que me fui de cañas el otro día.

Que nadie entienda esta entrada como un asesoramiento legal ni nada por el estilo ¿quién soy yo para asesorar legalmente a alguien si no he estudiado leyes en mi vida? Tampoco pretendo ser exhaustivo, ya veis que en la entrada no indico enlaces a leyes concretas ni tampoco apoyo mis argumentos con jurisprudencia ni cosas así. Simplemente quiero hacer una llamada a la tranquilidad y hacer ver que si procedemos de forma legal es difícil que vayamos a salir perjudicados.

Lo primero que hay que decir es que cuando alguien se encuentra un tesoro (ya sea una ánfora llena de aureos romanos o un cobre del siglo XIX todo roñoso) debería entregarlo directamente al ayuntamiento del municipio en el que lo encontró o si no dárselo a patrimonio. Llevárselo a casa es ilegal y comerciar con ello mucho más. Esa moneda que nos acabamos de encontrar pertenece al Estado y quedársela es tanto como robar al Estado. Igualmente, aquél que compre una moneda robada o expoliada y sea consciente de la procedencia ilegal de la misma está cometiendo un delito.

Una vez dicho esto, resulta que hay gente que se gana la vida delinquiendo de diferentes maneras, y una de ellas es expoliando bienes históricos para después introducirlos en el mercado del coleccionismo. Esta gente no se dedica a ir con un detector de metales por el campo para ver qué encuentra, sino que directamente van donde saben que hay material y expolian excavaciones enteras. Luego tienen sus expertos para tasar las piezas, retocarlas e introducirlas en el mercado. Son redes organizadas que no son fáciles de tumbar y que se las investiga mediante escuchas y demás. Vamos, que la policía sabe a por lo que va.

El problema puede aparecer cuando un coleccionista honrado (llamémosle Enrique) ha comprado monedas expoliadas a un comerciante que está metido en una trama de éstas o que no es consciente de la procedencia ilegal de las monedas. Podría darse el caso de que Enrique aparezca como un cliente habitual de uno de los comerciantes metidos en la trama, en cuyo caso la policía va a intentar recuperar las monedas que ha comprado Enrique porque son propiedad del Estado. Así pues, un buen día se presentarían en la casa de Enrique un secretario judicial junto con varios policías con la finalidad de llevarse las monedas de Enrique.

Lo primero que debe hacer Enrique en esa situación es pedir que le enseñen el auto de registro firmado por el juez de instrucción. Sin ese auto no pueden entrar en casa de Enrique, así que es importante que lo tengan. A partir de ahí lo mejor que puede hacer Enrique es colaborar con la policía y con el secretario judicial y decirles dónde guarda todas y cada una de las monedas de su colección. Si hay dinero suficiente en la instrucción el secretario judicial irá acompañado de un perito técnico que entiende de numismática y conoce las piezas a por las que van. Es decir, que es una persona que sabe qué pinta tienen las monedas que están buscando (es decir, que si están buscando sestercios imperiales sabe diferenciar un sestercio de un tetradragma). Si no va el perito especializado lo más probable es que el secretario judicial directamente se lleve toda la colección de monedas y ya se encargarán en el juzgado de identificarlas.

Por eso mismo es importante que Enrique colabore con ellos y no les hagamos perder el tiempo poniéndonos bordes. Si el secretario judicial ve que va de buenas y que Enrique no tiene nada que esconder entonces puede acceder a no llevarse monedas que es evidente que no son las que están buscando. Por ejemplo, si buscan moneda romana, Enrique le podría convencer de que no se lleve su colección de Franco porque aunque no entienda de numismática le puede parecer evidente que esas no son piezas romanas. El secretario judicial no tiene por qué hacer ningún caso y puede indicar muy educadamente que su ignorancia es tal que no es capaz de distinguir un denario republicano de un euro alemán, así que se lleva todo y punto. Igualmente, Enrique podría pedir al policía encargado de realizar las fotografías que fotografíe ciertas piezas concretas, que son las que más valor tienen y así se asegura de que aunque se las lleven siempre puede demostrar que eran suyas. De igual modo, no tienen por qué hacer caso y pueden decir simplemente que en el juzgado hay una cadena de custodia de los bienes incautados que asegura su integridad, y que con hacer tres fotos y poner en la descripción de lo incautado “Caja con 5 álbumes de monedas” ya es suficiente. Recemos en ese caso para que a nadie se le ocurra “cambiarnos” alguna moneda.

Una vez que se han llevado la preciosa colección de Enrique queda esperar a que un perito especializado las tase y determine cuáles han sido expoliadas y cuáles no. Las expoliadas serán prueba en el juicio y luego pasarán a propiedad estatal, el resto se devolverán a Enrique. El tiempo que tarde en aparecer un perito especializado y llevar a cabo el juicio es muy variable; si hay suerte en pocos meses puede que Enrique ya tenga sus monedas consigo, si no hay suerte pueden pasar ocho o diez años perfectamente. Por último, es probable que se llame a Enrique como testigo en el juicio contra la trama.

Vuelvo a insistir en que Enrique no volverá a tener en propiedad las monedas expoliadas, porque aunque se le considere como un tercero que las ha comprado de buena fe, realmente son propiedad del Estado. Lo único que podría hacer Enrique sería denunciar al comerciante por estafa, pero como para entonces lo más probable es que el comerciante se haya declarado insolvente, pues a Enrique le va a dar igual.

Toda esto sería lo normal que ocurriría en el caso de que Enrique no tuviese ningún cargo. Los cargos contra Enrique se presentarían si hay sospechas de que realmente él era consciente de la procedencia ilegal de las piezas; eso se puede sospechar si hay alguna escucha que así lo indica o si resulta que todas (o una grandísima parte) de las monedas de la colección de Enrique son expoliadas. En ese caso, además de confiscar las monedas, la policía le pedirá a Enrique que le acompañe porque está detenido. Le dejarán unas horas en el calabozo y después le interrogará el juez de instrucción, quien decidirá si le deja en libertad con o sin cargos. A partir de ese punto lo mejor es buscarse un buen abogado y tener todas las facturas de las monedas que hayamos comprado.

Finalmente, algunos consejos que pueden ayudarnos a no tener problemas de este estilo. Ya veis que son de sentido común y nada complejos:

– Comprar monedas en casas de subastas públicas.

– No comprar monedas a un solo comerciante, comprar a varios y si puede ser que sean gente solvente.

– Al comprar moneda cara, pedir facturas y guardarlas.

– No comprar monedas que no conozcamos bien.

Las monedas de las imágenes están tomadas de la última subasta de Numismática Genevensis (que ya comentó Darío). Se tratan de un estátero de Ione, un denario de Augusto, un sestercio de Augusto y un sestercio de Galba. ¡Quién las cazara!

Desde el principio de este blog ha estado claro que el blog se dedicaba fundamentalmente a la numismática española, básicamente porque es lo poco que yo medianamente controlo. Aún así, ha habido alguna entrada que he dedicado a la numismática clásica (por ejemplo ésta) puesto que aunque me considero un ignorante del tema, tengo absolutamente idealizados a los griegos en cuanto a su capacidad filosófica y artística y muchas veces me encanta admirar admirar una obra clásica, ya sea una moneda, una escultura o un texto literario. Además, este blog me sirve a mí como excusa para aprender y me siento totalmente abierto a la posibilidad de ilustrarme en lo que a numismática clásica se refiere.

Así pues, hace un mes me puse manos a la obra y di el primer paso para que algún día pueda yo también coleccionar monedas clásicas: me compré unos libros y para ello seguí el método que propuse hace un tiempo. Estuve echando un vistazo a lo que hay en el mercado, pregunté en unos foros y finalmente adquirí dos libros: “Greek coins and their values” (dos volúmenes) y “Roman coins and their values“, ambos de David R. Sear. Los tres tomos nuevos me costaron 103 euros y hoy por hoy los considero una magnífica compra para introducirse en el coleccionismo de moneda antigua. De hecho, Darío los considera dos de los 10 libros que todo coleccionista de moneda antigua debería tener.

Además de recomendar en general su compra y su lectura, voy a comentar algunas de sus características:

Están en inglés, y eso puede echar para atrás a muchos coleccionistas. Ante eso no hay solución: la numismática clásica se mueve en el mercado internacional, la mayoría de los catálogos y manuales se editan en inglés (y sólo en inglés) y si se quiere seguir la actualidad de este coleccionismo tocará estudiar subastas y leer revistas internacionales… poco podemos hacer si no estamos dispuestos a manejarnos en inglés.

Son manules, lo que significa que no pretenden dar una descripción detallada de cada pieza sino una visión general del campo. Por eso no son libros de referencias en subastas, que son los que Carlos recomienda que habría que tener como referencia. Efectivamente, estos libros no deberían ser una referencia para expertos, sino una forma de introducirse en el campo. Igualmente, si se quiere conocer con detalle ciertas características de una moneda, quizá tampoco sean éstos la mejor bibliografía a consultar.

Son baratos, y eso es indiscutible si se compara con cualquier otra obra seria de la numismática clásica. Tener todos los tomos del “Roman Imperial Coins” puede salir por 1500 euros perfectamente, el catálogo de Crawford ronda los 400 euros según Darío… 100 euros no es nada, y al que le parezca mucho que se vaya olvidando de la numismática clásica.

Son clásicos lo que hace que todo el mundo los conozca y que hayan vendido cientos de miles de ejemplares (por eso son tan baratos).

– Los precios que tienen son (supuestamente) del año 1985 y están en libras. En otras palabras: cualquier parecido de los precios con la realidad es pura coincidencia. Esto no es ningún problema, ya se ha comentado, y Carlos parece coincidir conmigo, que las estimaciones de precios se hacen con los remates de subastas, no con los precios de catálogo.

No deberían ser los únicos libros sobre numismática clásica con los que se cuenta. Si bien son baratos, manejables y puede servir como una guía inicial, a la hora de estudiar una moneda concreta se debería contar con catálogos de subastas y otras obras mucho más extensas. Nadie dice que todos esos libros haya que tenerlos en papel, también se pueden tener en formato electrónico, que es más barato, más cómodo y ocupa menos espacio.

– Ambos libros cuentan con una introducción a la numismática griega y romana respectivamente. En esa introducción se tienen en cuenta las cuestiones meramente históricas como los aspectos relacionados exclusivamente con el coleccionismo.

Aparte de estas cuestiones quisiera resaltar alguna característica concreta de cada uno.

El catálogo de “Roman Coins and their values” es una  versión en un tomo de una serie de tres libros que ya son de por sí bastante resumidos. Se trata de un libro que intenta resumir en un solo volumen manejable toda la numismática romana ¡¡¡y lo consigue!!! Lo más increíble es que en ese libro aparecen la grandísima mayoría de las piezas que se subastan a precios relativamente asequibles o que nos puedan ofrecer a los coleccionistas de a pie.

El de “Greek coins and their values” está dividido en dos tomos, uno dedicado a las cecas europeas y otro, más extenso, dedicado a las cecas asiáticas y africanas. Se trata de una introducción más extensa que el de la moneda romana y donde nos encontramos todas las cecas y casi todos los tipos de piezas griegas.  Todo el mundo dice que se trata de la mejor obra de Sear, y eso no es poco.

En global, por ahora los considero una magnífica compra, aunque todavía pasarán años hasta que empiece a comprar monedas clásicas, si es que alguna vez las compro. Mi plan pasa por utilizar estos libros como una introducción general, para adquirir cierta culturilla e ir siguiendo subastas y noticias. Seguro que si lo hago de forma natural iré seleccionando las monedas que más me llamen la atención (por ahora tetradragmas y sestercios imperiales) y quizá llegue el día en el que me las pueda permitir. Pero antes de empezar a soltar pelas en una colección faltan por echar muchas horas de estudio.

La entrada de hoy no la voy a dedicar a la numismática, sino a otro coleccionismo con el que también he disfrutado un montón: las botellas en miniatura. Se tratan de pequeñas botellas de vidrio (ahora también las hacen de plástico, pero esas no las colecciono) que contienen un licor de marca comercial. Antiguamente se regalaban a los comerciantes para que las diesen de muestra a sus clientes; ahora es típico venderlas como souvenirs o como producto de degustación.

La cuestión es que yo las colecciono, aunque la verdad es que últimamente tengo esa colección bastante parada y me dedico más a la numismática. La razón última por la que he aparcado (al menos temporalmente) la colección es que para mí era demasiado sencillo hacerme con cientos de botellas, y por lo tanto perdí el interés por conseguirlas. Me explico: yo soy una persona que me muevo por retos; todas las decisiones importantes que he tomado en la vida las he intentado porque no estaba seguro de si iba a ser capaz de conseguirlas, así que como llegué a un punto en el que compraba lotes grandes, de entre 200 y 1200 botellas, y sacaba lo puesto vendiendo las que me salían repetidas. Así que hubiera podido tener una colección de 20.000 botellitas (por poner un número) si hubiera dedicado el tiempo necesario. Ya sabía que era capaz, así que por eso vendí las tres cuartas partes de la colección y dejé (temporalmente) de coleccionarlas.

Aún así, reconozco que coleccionar botellitas tiene alguna ventaja con respecto a la numismática. Principalmente la sorpresa de abrir una caja enorme llena de botellas en la que no sabes qué te vas a encontrar. Te sientes como un niño de 5 años delante de los regalos de los Reyes Magos. La segunda ventaja es que una habitación en la que haya 4.000 botellas, como era mi caso, sorprenderá a cualquiera que entre. La tercera es que es un reclamo estupendo: describe brevemente la colección a la chica que te acabas de ligar, llévala a tu casa con cualquier escusa y… ¡¡será ella quien te pida ir a tu cuarto!! Funciona. Creedme.

Pero coleccionar monedas tiene muchas más ventajas a mi parecer. La primera de ellas es que la escalabilidad espacial de la colección. En un álbum de monedas del tamaño de un libro se puede tener una colección para quitar el hipo que haya supuesto el esfuerzo de una vida entera, mientras que a un ritmo de mil botellitas anuales pronto será necesario un almacén dedicado sólo para ellas. Yo he visto un local de unos 80 metros cuadrados en el centro de Valencia dedicado exclusivamente para almacenar una colección de botellitas. Preciosas pero el dueño está perdiendo una pasta por dedicar el local a su colección en vez de alquilarlo para montar un negocio.

Otra ventaja es que las monedas son objetos históricos muchísimo más estudiados y documentados, por lo que se puede adquirir una cultura mucho mayor coleccionando monedas que botellitas. Además, una colección de monedas siempre será una inversión, mientras que una colección de botellitas no. Finalmente, para mí lo más importante, es que la numismática siempre te puede suponer un reto porque hay muchos tipos de colecciones y cada cual selecciona aquella que más le gusta o en la que puedas encontrar nuevos desafíos. Si al principio completar una colección de El Centenario ya me era una dificultad, ahora lo es hacerme con ciertas piezas de mayor calidad y quizá dentro de un tiempo lo sea hacerme con sestercios imperiales o quizá me pondré a estudiar dirhams almohades ¿quién sabe?. Es un mundo muy amplio y el tipo de retos que me puedo encontrar es muy variado.

Aún así, coleccionar botellitas me enseñó un montón de cosas que luego pude aplicar para cuando me puse a coleccionar monedas. Por ejemplo la idea de comprar y vender lotes, la necesidad de hacer contactos, el saber tratar a la gente y ver de qué pie cojea cada uno… si bien es cierto que el perfil de coleccionista de botellitas es un hombre de unos 20 años y con pocos recursos económicos, al que hay que tratar de forma diferente (pero con el mismo respeto) que al coleccionista de monedas, que suele ser un hombre más mayor.

En las fotos muestro algunas de las botellas de mi colección.