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Ya se sabe que la América de los siglos XVII y XVIII era un jugosísimo botín repartido por las potencias europeas de la época. Fundamentalmente España y Portugal, aunque otros países también tenían su tajada. Allí decían que estaban para proclamar la palabra de Dios y no sé qué otras cosas más, pero al final lo que les importaba a los Europeos era el dinero, y por allí corría y bastante gracias a minas como la de Potosí. ¿Os parece si hacemos un pequeño repaso de las monedas de oro más comunes que circulaban por América en aquellos años? Vamos de las más pequeñas a las más grandes, y para eso me baso en el artículo “TheCoinage of Commerce”, publicado en enero de 2010 en la revista The Numismatist (al que añado de mi cosecha, como siempre).

Con permiso de las raras 480 reis de Portugal, la moneda más pequeña que rondaba por aquellos lares era española: los medios escudos. Con un peso de 1,69 gramos de oro y una pureza de 0,875 se trataba de una moneda que, aunque fuese valiosa, podía usarse para el comercio de menudeo. A mí particularmente es una moneda que me gusta mucho (tengo pendiente dedicarle una entrada) y si nos las solemos encontrar en calidades bajas es simplemente porque circulaban. Estos medios escudos equivalían a 8 reales de plata puesto que para la España de la época la relación oro/plata era 1:16.

La siguiente moneda de oro que se podía encontrar en los bolsillos de los adinerados (no nos vayamos a creer que cualquier jornalero veía una moneda de oro en su vida) era el escudo. La producción de escudos por parte de España no era muy grande si se compara con otros módulos, pero tenía la gracia de que casi coincidía en peso  con otra moneda que llevaba usándose en Europa desde el siglo XV y que se usaría hasta el siglo XX: el ducado. En efecto, un ducado pesaba 3,4909 gramos de oro, mientras que un escudo eran 3,38 gramos. En América no se acuñaron ducados, pero se produjeron a millones en muchas cecas de Europa central, desde Italia hasta Polonia pasando por Rumanía, Alemania, Austria… no es de extrañar que muchos comerciantes llevasen ducados a América. Igualmente, Portugal tenía una moneda de metrología semejante que acuñaba en Brasil: los 1600 reis, que pesaban exactamente lo mismo que los escudos españoles.

Pero las que solían circular más eran los dos escudos, llamados generalmente “doblón”. Tenían 6,77 gramos de peso y equivalían oficialmente a 4 monedas de 8 reales. Ahora bien, en norteamérica se solía considerar equivalentes a 3 dólares y medio, es decir, a 30 reales. Esto se debía a que el cambio oficioso por el norte entre el oro y la plata era de 15:1 en vez de 16:1.

Muy semejantes a los doblones españoles eran los Luis d’Or franceses, cuyo peso era de 6,75 gramos. Asimismo, Portugal acuñaba los 3200 reis con el mismo peso. Esta coincidencia no era fortuita, sino que conseguía que la moneda española, la portuguesa y la francesa pudiesen ser utilizadas de forma indistinta. Al fin y al cabo, era su contenido en oro lo único que importaba.

Luego estaban las monedas cuyo uso pretendido no era el comercio a pequeña o mediana escala, sino los pagos importantes como podrían ser las compras de terrenos, los pagos entre empresas o los pagos internacionales. Para ese tipo de cuestiones se acuñaban las medias onzas y, sobre todo, las mal llamadas “onzas”: los 8 escudos españoles. Digo mal llamadas porque una moneda de 8 escudos pesa 27,06 gramos de oro de 0.875 de pureza, mientras que una onza métrica tiene 28,35 gramos aproximadamente. Portugal también acuñó en las cecas de Brasil moneda con la misma métrica que España, siendo éstas de 12.800 reis, que solían llamarse “Joe” (más sobre el tema portugués).

Pero las más grandes de todas fueron las monedas de 20.000 reis que acuñó Portugal en la década de 1720 y que rápidamente ser revalorizaron a 24.000 reis porque su contenido en oro era el de 2 onzas españolas. Los españoles las cambiarían por 32 monedas de 8 reales y los ingleses, que comerciaban más con los Portugueses, por 30 monedas de 8 reales. Hay un ejemplar en el British Museum que reproduzco aquí abajo y que espero no tardar en ver (el resto de fotos están sacadas de la Wikipedia).

Eso sí, para moneda grande grande grande, una de 1 tonelada que nos ha mostrado Darío.

Los lirios son unas plantas con unas hojas muy bonitas que han sido utilizadas como símbolo heráldico desde muy antiguo en Europa. Su simbología moderna se remonta a principios del siglo XII, siendo Luis VIII de Francia el primero en añadir la flor del lirio a su propio blasón. Luis VIII era un rey franco y los lirios se daban en abundancia en los Paises Bajos, así que supongo que se vería como un símbolo de la tierra. Vamos, que si hubiera sido castellano hubiera puesto unas amapolas.

Pasados unos siglos la simbología de la flor del lirio se ligó a la monarquía francesa, pasando a finales del siglo XIV a tener tres flores de lis doradas sobre fondo azul, de manera que se representaba la Santísima Trinidad y la propia monarquía, de forma que en un solo símbolo se mezcla el poder real y el poder religioso. Esa representación sigue siendo la actual.

Con el paso de los año la Casa de Borbón tuvo a la flor del lirio como símbolo propio y cuando las contingencias históricas hicieron que fuesen los borbones quienes mandasen en España, ese símbolo pasó a nuestro país con el nombre afrancesado de “flor de lis”. Lo más gracioso es que los franceses hace ya tiempo que se libraron de la monarquía y nosotros seguimos con las dichosas florecillas en el centro del escudo de España.  Pero no hay mal que por bien no venga, y es que desde el punto de vista numismático las flores de lis son un relieve bastante pronunciado en el centro de muchas monedas de El Centenario, así que observar su desgaste suele ser un buen síntoma de la calidad de la moneda.

Dicho todo esto, vamos a lo que habíamos venido:

Todo el mundo conoce las monedas de 100 pesetas de bronce que se acuñaron en España entre 1982 y 2001, habiendo fechas diferentes para cada año excepto para 1987 y para 1991. Lo que no sabe todo el mundo, pero sí los aficionados a la numismática, es que en el canto de esas monedas aparecen 22 flores de lis, habiendo para cada año dos variantes diferentes: unas con la lis hacia arriba y otras con la lis hacia abajo. Es decir, que de cada año hay dos monedas de 100 pesetas y sólo se diferencian en la dirección en la que apuntan sus flores de lis.

Esto hace que las monedas de 100 pesetas se suelan vender por parejas, incluyendo una con la lis hacia arriba y otra con la lis hacia abajo, y que yo sepa no hay ningún año en el que una sea más rara que la otra. A los coleccionistas que empiezan yo les recomendaría que siempre compren las monedas por parejas porque andar buscando una moneda suelta puede ser un rollo, ya que casi todo el mundo prefiere tener parejas y no las va a querer romper.

Otra historia es qué variante tiene la lis hacia arriba y qué variante la tiene hacia abajo. No hay forma de que todo el mundo se ponga de acuerdo en ello, parece la discusión sobre “little endian” y “big endian” que tenían los liliputianos de los Viajes de Gulliver. En general creo que es más aceptado considerar que la lis arriba es cuando el pico de la lis apunta hacia la cara del anverso (donde está el rey), mientras que la lis abajo es la que apunta hacia el reverso (donde está el motivo). No obstante, como esto no suele ser compartido por todo el mundo, lo mejor es que si se compra una moneda de 100 pesetas por Internet y sea importante la variante de la que se trate, se pregunte al vendedor hacia dónde apunta la flor de lis.

En la imagen superior se ve muy bien la diferencia entre ambas variantes de monedas. La imagen está tomada de aquí.

Me imagino que a día de hoy toda persona que haya abierto alguna vez un navegador conozca eBay, empresa de la que ya se ha hablado alguna vez en el blog. En mi humilde opinión, cuando apareció fue un pepinazo y fue capaz de adelantarse varios años a lo que se vino a llamar la Web 2.0, gracias a lo que no sólo se aprovechó cuando se formó la burbuja de las puntocom, sino que salió fortalezida una vez que la burbuja pinchó. Ahora bien, hoy en día creo que el diseño de la web es tal que no se permiten muchas funcionalidades interesantes, como podría ser la búsqueda semántica de objetos para comprar o una edición menos interactiva para la venta de objetos. En cualquier caso,  eBay ejerce el monopolio de facto en cuanto a punto de contacto vía Web para la venta entre particulares (con permiso de otras webs no tan minoritarias como Todo Colección), y saben aprovechar su poder para sacar la mayor tajada posible.

En pocas palabras, lo que eBay ofrece a los vendedores es la posibilidad de publicar un anuncio y que haya millones de clientes potenciales que vean y pujen por él. Por ello les cobra un precio por poner el anuncio (que depende del precio de salida del mismo) y un 5% del precio de adjudicación del mismo, si es que se vende. A los compradores simplemente les ofrece un lugar en el que encontrar millones de productos que venden tanto particulares como aficionados. No se les cobra nada de forma directa por comprar artículos y se les dice que tienen cierta protección y no sé qué otras pamplinas. Nada de eso es cierto por norma general, y es normal.

Ya centrándonos en el tema de la numismática es evidente que eBay no va a andar pensando en qué monedas son buenas y qué monedas son falsas, o qué vendedores son de fiar y cuáles son unos estafadores. Por eso cobran un 5% del precio de venta, y no un 25% como en el caso de las casas de subastas. Es decir, que no se da ninguna garantía sobre el producto más allá de la que dé el propio vendedor, y en general (aunque se diga lo contrario), tampoco se da garantía de que se vaya a recibir la moneda que se paga; toca al comprador tomar la responsabilidad de discernir entre los vendedores buenos y malos para no verse atracado por uno de éstos.

Realmente, hay una manera de hacer que eBay quite un anuncio de la venta, y no es quejarse en los foros de eBay, que no lee casi nadie. Lo que hay que hacer es  presentar a eBay una prueba documental que pueda ser aportada por ellos en un juicio en caso de que quien ha visto eliminado su anuncio les denuncie. En otras palabras, se debe pagar a un profesional de reconocido prestigio para que haga un informe pericial en el que se diga que una moneda es falsa, y tome responsabilidad sobre su afirmación. Evidentemente, esto no lo hará nadie sólo para evitar que otro comprador se vea estafado, así pues, es cuestión de cada uno el no salir escaldado.

Visto todo esto, parece bastante evidente que eBay en el fondo no es más que un sitio web en el que se ponen en contacto compradores y vendedores. Así pues, eBay no vende más que eso: contactos, y eso no es poco vender. Claro que también hay que ser espabilados y sacar el mayor provecho posible de los contactos realizados: por ejemplo es una práctica común, y que yo hago siempre, que una vez que un comprador gana una puja se le mande un correo para ofrecerle más monedas para ventas o intercambios. De esta manera se pueden aprovechar mejor los gastos de envío y se pueden intercambiar más monedas sin tener que pagar ni un duro a eBay ni a ninguna otra empresa.

Y si el contacto funciona ¿por qué no seguir manteniéndolo? La inmensa mayoría de los tratos que he hecho a través de eBay han sido satisfactorios, y muchas veces he repetido en un futuro con esas personas, llegando a acuerdos de compra-venta privados. De hecho, ahora mismo cuando adquiero piezas nuevas se las ofrezco a varios antes de ponerlas en eBay, lo cual es casi la última opción. Del mismo modo, hay gente que cuando ve que una moneda la tengo en eBay y le gusta, me manda un correo para ver si llegamos a un precio de venta privada y en tal caso quito la moneda de la venta. Evidentemente no lo hago si la moneda ya tiene pujas. Y también está claro que no siempre llegamos a un acuerdo, como en este caso.

Así pues, queda visto que hay que sacar provecho a los contactos que se hagan por eBay. A pesar de ello, hay gente que prefiere comprarlo todo por eBay a pesar de que salga más caro. Es decir, que si tienes una moneda por 50 euros en eBay y le mandas un correo ofreciéndosela por 47 euros, prefiere pagar 50 y hacerlo a través de esa web. No entiendo muy bien el por qué, pero ya me he encontrado algunos así; la única razón que se me ocurre es que les gusta que después les votes y aumenten su puntuación, aunque eso no deja de ser un juego de niños.

Las imágenes están sacadas de la subasta de Hess Divo del pasado 28 de octubre. Se tratan de monedas de oro medievales francesas: 1 Masse d’or de Felipe IV,   1 ecu d’or à la chaisse de Felipe VI, 1 franc à cheval de Juan el Bueno y un franc à pied de Carlos V.

A mí me encanta relacionar conceptos que a priori no parecen relacionados. Eso es lo que intento hacer tanto en mi trabajo como en buena parte de mi tiempo libre (ya lo comenté aquí). Así pues, voy a intentar mezclar en este blog dos de mis aficiones: la numismática y viajar. Para ello, la idea es ir describiendo museos a los que vaya y en los que se expongan monedas, y ya de paso describir brevemente el resto del museo y la zona. No es que con esto quiera hacer una guía de viajes, pero quizá algún aficionado que pase por la zona se anime a acercarse a algún museo o a alguna ciudad; evidentemente, también puede servir para quitar las ganas de visitarlo. Empezaremos por orden cronológico de lo que he visto este verano: el museo de Évreux.

Évreux es una pequeña ciudad normanda que poca gente conoce en España y muchos menos aún la visitan. Aún así no está de más dejarse caer una mañana por allá si se está por la zona y se tiene tiempo. Aunque tiene pocos restos en la actualidad, la ciudad ha sido un asentamiento celta, luego una ciudad romana y desde entonces ha seguido habitada. Tienen un museo dedicado a los restos arqueológicos que han encontrado por la zona, que yo supuse que iba a estar muy interesante, pero que desgraciadamente no dio para mucho: era pequeño y la calidad brillaba por su ausencia, no había nada que realmente me llamase la atención.

En la cuestión numismática a mí lo que más me gustó fue el hallazgo que dejaron expuesto “tal cual”. No sé si lo harían por falta de presupuesto para sacar las monedas o simplemente porque así el visitante se da cuenta de cómo se las encuentran los arqueólogos. Yo nunca había visto nada igual.


Aparte de esto tenían expuestas algunos denarios, sestercios y ases del Alto y Bajo Imperio. Las descripciones eran horrorosas, simplemente indicando el mandatario de turno y el metal de la moneda. Además, las piezas estaban bastante alejadas del cristal, por lo que no se podía apreciar bien la calidad de las monedas. Aquí os dejo unas fotos:




Total, que si pasáis por Normandía y tenéis tiempo de sobra, no está mal pasarse por Évreux, que además pilla de camino hacia Giverny; y si estáis en la ciudad no pasa nada por acercarse a su museo, aunque tampoco es nada del otro mundo.

De todas formas, no os preocupéis, que este verano he estado en otros museos con unas colecciones estupendas, ya os contaré. Y por supuesto, si algún seguidor del blog se anima a comentar algún museo que haya visitado, yo con mucho gusto le guardo un espacio en el blog.

Esta entrada es una simple y llana reflexión que invita al debate a quien quiera y nace a partir de un comentario que hizo Carlos. No es un estudio serio hecho con datos reales, comprobando en diferentes casas de subasta y sacando estadísticas serias, porque hacerlo podría suponerme varias semanas de trabajo, y como se comprenderá no es plan.

Ya se ha comentado varias veces en el blog que el valor de las monedas es muy volátil. Pero… ¿cuánto de volátil? Esa sería la pregunta del millón porque si yo pago 200 euros por una pieza me gustaría saber qué margen de beneficio podría tener al venderla, o dicho desde el otro punto de vista, cuánto perdería si me veo obligado a venderla rápidamente. La pregunta es mucho más importante de lo que parece a simple vista, puesto que es crítica para saber el riesgo de nuestra inversión al comprar una pieza.

La respuesta es tan vaga como decir que la volatilidad de una moneda depende de la rareza de dicha moneda y de las veces que haya aparecido en subasta. Esta dependencia es muy interesante, y además no depende del precio en sí mismo. Es decir, hay monedas relativamente comunes (como las E-51) que son caras y monedas más raras, o incluso únicas que son relativamente baratas (como muchas monedas islámicas o godas). En un año se subastan alrededor de media docena de tiras de E-51, clavando los precios subasta tras subasta (lo mismo se podría decir de las 100 pesetas palo recto o de las 20 pesetas de 1894).

Sin embargo hay piezas muy raras, que se subastan cada diez años o más, e incluso hay piezas únicas que pueden pasar décadas sin que se subasten. En esas monedas es muy difícil determinar de forma aproximada su precio, puesto que si sólo hay una moneda de ese tipo en el mundo quien la quiera tendrá que acordar un precio con el que la posea. Una cuestión a tener en cuenta es que esas piezas no tienen por qué ser exageradamente caras. Sin salirnos de la numismática íbera, hay monedas islámicas muy raras o incluso únicas con un precio relativamente asequible, sobre todo si se compara con monedas de semejante rareza de otros países (EEUU, Rusia, Alemania…) o de otras épocas o series (como el Centenario de la Peseta o los Reales de a 8).

A quien quiera meter dinero “de verdad” en esto de la numismática, yo le recomendaría que diversificase su colección. Puede tener monedas muy raras, y no por ello caras, y otras  más normales, y no por ello baratas. De esta manera la inversión se divide en productos más seguros y productos más volátiles.

No obstante, vuelvo a repetir que las afirmaciones que hago son prácticamente prejuiciosas y no he llevado a cabo un estudio para apoyar mis argumentos. Ese estudio conllevaría estudiar muchas subastas y hacer un análisis estadístico que relacione la varianza de los precios en relación con la periodicidad de las apariciones de las monedas. Llevaría mucho tiempo y, lo siento mucho, pero el tiempo que puedo dedicar al blog es limitado.

Las monedas que aparecen en la entrada están sacadas de la última subasta de Monnaies d’Antan, sus descripciones son, respectivamente: Marco Aurelio – Sestercio (161, Roma);  Seleucide – Tigrane II el Gran rey de Armenia – Tetradragma (83-69 A.-C.); 1 Franco 1900.

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