En el blog se ha debatido largo y tendido sobre si se puede entender la numismática como una inversión y si ésta es rentable. Tras algunas entradas (una y dos) dedicadas al tema, creo que quien vea la numismática exclusivamente como un mercado en el que obtener beneficio económico lo mejor es que se retire y se dedique a otros mercados en los que sacará más dinero. Pero hoy quiero incidir en un caso muy particular: las inversiones en piezas realmente raras o de una calidad asombrosa. ¿Son rentables esas inversiones?

El consejo que suelen dar los comerciantes y también muchos aficionados es que se compren monedas de calidad, aunque ya di mis motivos por los que seguir esa práctica no es necesariamente una buena idea desde el punto de vista económico. De hecho, en mi opinión en muchos casos ese consejo atiende fundamentalmente a un conflicto de intereses entre el que quiere vender la moneda y el que la quiere comprar, puesto que comprando moneda de calidad se suelta más dinero y el comerciante, por lo general, gana más. Pero aquí no vamos a hablar de monedas de calidad, como puede ser un duro de 1871 (18-73) o un sestercio de Nerón curioso, aquí hablamos de monedas realmente raras, únicos ejemplares o los mejores conservados de su tipo. Esas que las mejores colecciones desearían tener.

Vamos a poner un ejemplo muy muy raro: un cuño castellano medieval. Antonio Roma, en su libro “Emisiones monetarias leonesas y castellanas de la Edad Media” indica que sólo hay un ejemplar conocido y está en manos privadas. Así pues, ¿cuál es el precio de ese cuño? ¿1.000 euros? ¿10.000 euros? ¿100.000 euros? ¿1.000.000 euros? Si decíamos que las monedas raras tienen precios muy volátiles, os podéis imaginar que una pieza única en su especie y que además nunca ha sido subastada tiene un precio extremadamente volátil.

Imaginaos que, por lo que sea, un comerciante se hace con ese cuño y se le convence a Enrique de que lo compre por 50.000 euros, precio que a mí me parecería razonable. El argumento que le da el comerciante para comprarlo es el siguiente: “es un ejemplar totalmente único. Ahora vale 50.000 euros, pero en cuanto esté en tus manos costará lo que tú quieras porque serás el único que lo tenga. Si aparece un ricachón caprichoso y quiere añadir a su colección un cuño medieval le podrás pedir lo que quieras por él, quizá cuatro veces más de lo que tú has pagado”.

El argumento parece razonable, pero hay una cosa que falla: ¿cómo sabe el supuesto “ricachón caprichoso” que Enrique tiene ese cuño? ¿Acaso se va a anunciar? Justamente ahí es donde está el truco y es lo que va a hacer a Enrique perder dinero. Evidentemente, el ricachón no sabe ni siquiera de la existencia de ese cuño, y ningún comerciante va a decir a Enrique a quién vendérselo por cuatro veces más de lo que él ha pagado.  Más que nada porque si supiese quién lo pagaría más caro no se lo vendería a Enrique.

Ahora imaginémonos que Enrique, una vez que lo ha comprado, quiere venderlo. ¿A quién se lo vende? Hay muy poca gente que estaría dispuesta a soltar más de 50.000 euros por una pieza española, y conocer a esa gente es justamente lo que hace que un profesional pueda ganar dinero donde un aficionado no puede.  De hecho, Enrique no conoce ni siquiera a quién le pagaría 20.000 euros por ella. Bueno, sí que conoce a alguien: los museos públicos o las fundaciones privadas; pero para que esos te compren algo hay que tener contactos muy altos y hay que poder responder a los favores, algo que Enrique no tiene ni puede tener. Así pues, sólo quedan dos opciones: o se vende el ejemplar a otro comerciante o se subasta.

Cuando un comerciante compra una pieza de tal rareza lo que quiere es ganar dinero. Y ganar dinero él, porque las facturas no se pagan solas y su familia come de ello. Así pues, y teniendo en cuenta que el comerciante sabe perfectamente que Enrique no conoce a quién poder vender la moneda, el comerciante le ofrecerá a Enrique en torno a un 20% de lo que él pueda sacar en la venta. Es decir, que si él estima que otro coleccionista que él conoce se la puede comprar entre 35.000 y 70.000 euros, le ofrecerá a Enrique 10.000 euros por ella. Si os parece poco pensad varias cosas: el comerciante tiene un conocimiento muy escaso (contactos que se la puedan comprar) y ese conocimiento hay que pagarlo; además, es posible que él no lo sepa, pero conozca a otro comerciante que sí, y tenga que repartir el beneficio con él; por último, no deja de ser arriesgado, puesto que si no encuentran comprador quizá tenga que retener la pieza durante meses o años, y un comerciante necesita dinero líquido para manejarse.

La segunda opción sería subastar la moneda y que se la lleve el que más puje. La casa de subastas no está ahí para incluir el cuño de Enrique en su catálogo y no sacar ni un duro de él, lo que quiere es que se venda, así que le pondrá un precio de salida muy bajo. Luego puede ocurrir que apareciesen dos coleccionistas caprichosos y se picasen pujando; pero es muy raro que pase. También puede ocurrir que haya una remate “razonable” (digamos entre 20.000 y 40.000 euros) y Enrique reciba lo del remate menos lo que se lleva la casa de subastas. Por último, también puede ocurrir que se lo lleve el mismo comerciante de antes por los 10.000 euros que estaba dispuesto a pagar y Enrique se lleve un 36% menos de lo que le daba en privado. Sólo en el más raro de los tres casos Enrique ganaría dinero; lo normal es que lo pierda. Y bastante.

De igual manera que he puesto ese ejemplo, puedo poner el duro siguiente, que se remató en Vico por 12.500 euros hace ya dos años:


Una preciosidad de duro, posiblemente el mejor ejemplar que se conozca. Pero si lo tuviese en mis manos me costaría encontrar quién me lo comprase por 2.000 euros.

Para finalizar quisiera incidir en un pequeño consejo que di hace un tiempo: “compra sólo las monedas que seas capaz de vender por el mismo precio a medio plazo”. Está claro que hay que saber mucho para poder manejarse con piezas de semejante rareza o de semejante calidad; para eso hay que ser, como mínimo, un comerciante profesional.