Hasta hoy no se ha dedicado ningún espacio en este blog a moneda catalana, y es una pena porque hay muchos coleccionistas catalanes y otros muchos que sin serlo tienen especial devoción a las monedas de este lugar puesto que son muy interesantes. Y técnicamente, hoy tampoco se hablará de moneda catalana, sino de pellofas, que en sí no fueron monedas de curso legal, como ya se verá. Para la redacción de esta entrada me baso sobre todo en la introducción a la colección Llorenç Balsach (Aureo y Calicó 212, 7 de octubre de 2008), escrita por Dr. M. Crusafont i Sabater.

Las pellofas (también llamadas plomos, ploms, pellofes, gitons o incluso senyals) son monedas eclesiásticas incusas y generalmente de plomo que se daban a los clérigos por la asistencia a ciertos oficios religiosos en los territorios catalanes y cercanos entre los siglos XIV y XIX. Dicha esta definición, hay que decir que en ella caben la mayoría de las pellofas, pero no todas: hubo pellofas civiles, hubo pellofas en otros territorios que no son catalanes y hubo pellofas que no fueron incusas. Además, si bien muchas de ellas son de plomo también las hay de hojalata, de cobre, de latón y de aluminio. Pero aún así, yo creo que esta definición nos vale.

Básicamente, las pellofas nacieron como un método de pago a los religiosos por realizar algún oficio (misas, entierros…). Es decir, que por ejemplo los canónigos de las catedrales recibían una paga fija y luego se les daba unas pellofas durante los oficios que podían canjear a fin de mes por moneda de curso legal. Algunas fuentes, como ésta o ésta, indica que las pellofas también se daban a los feligreses, aunque Crusafont i Sabater descarta esta posibilidad. Ahora bien, es cierto que los clérigos a su vez podían dar las pellofas a la población civil que viviese fuera del monasterio como un acto de caridad o como forma de pago, sabiendo el que la recibe que podrá cambiarla por moneda de curso legal. Pero claro, el que la recibe quizá prefiera utilizarla para pagar otra cosa y que la canjee otro… y de esa manera tan simple se ve cómo las pellofas circulaban fuera de los monasterios y pudieron ser usadas como moneda local, especialmente en épocas de escasez de moneda pequeña.

En esa misma fuente se indica que el ámbito geográfico de las pellofas es más bien pequeño. Abarca Cataluña,  algunos pueblos de la Franja, Ibiza, Menorca y tres localidades de la Cerdeña catalana. También se indica que hay algunos puntos muy concretos de Europa donde se pueden encontrar piezas semejantes, como en algunas localidad del sur de Francia. En cualquier caso, estamos hablando de unas rarezas numismáticas con típico carácter catalán.

Parece ser que la mejor colección de pellofas es justamente la  de Llorenç Balsach, subastada buena parte de ella en Aureo y Calicó el 7 de octubre de 2008. Antes de la subasta la colección contaba con 2.000 piezas. También deben ser colecciones importantes la del Gabinete Numismático de Cataluña y la de Botet y Sisó; fue el propio Botet quien a principios del siglo XX (cuando circulaban ya las últimas) se dedicó a recoger y a clasificar estas piezas para evitar que se perdieran en el olvido, y gracias a él hoy se puede saber lo que se sabe sobre ellas. Por otra parte, la bibliografía más interesante sobre este tema es el propio catálogo de esta subasta y el libro “La moneda catalana local“.

En cuanto al coleccionismo de pellofas, es realmente singular, porque son piezas humildes y generalmente baratas pero que a su vez incluyen grandes rarezas y se tiene gran dificultad de catalogación en algunos casos.  A quien le gustaría tener una colección de monedas muy raras y difíciles de encontrar, pero que a su vez no le supongan un esfuerzo económico que no pueda asumir, éste es su mundo. Casi siempre salen unas cuantas pellofas en las subastas nacionales y rara vez sus remates sobrepasan los 100 euros; de hecho, muchas de ellas acaban costando menos de 20 euros. Para todos los bolsillos, vaya.

Las pellofas que ilustran la entrada se han obtenido de la subasta en sala de Aureo de 26 de octubre de 2010. Se tratan, por orden, de dos pellofas de Figueres, una de Olot y otra de Villabeltrán.

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