Me imagino que a todos nos haya pasado que cuando les comentamos a algunos conocidos que nos hemos gastado unas perrillas en unas monedas antiguas nos miran con cara de “tú estás como una cabra” y nos saltan la pregunta de “¿Y no te valdría igual con una copia hecha hoy en día?”. Entonces es cuando intentamos explicar, muchas veces de forma infructuosa, que una moneda acuñada en el siglo XVI y una réplica exacta hecha hoy mismo no son iguales. Es algo que para los coleccionistas es obvio, pero para mucha gente no y la razón no deja de ser una cuestión filosófica. Voy a intentar explicarla de forma breve e intuitiva en esta entrada, sin enrollarme, que a mí la filosofía me encanta y me es difícil parar.

Ya he citado alguna vez en el blog a Walter Benjamin, y ese es quien propuso una idea que a mi entender supera este problema de valorar más el original que la copia exacta. Esta idea se recoge en su magnífico ensayo “Das Kunstwerk im Zeitalter seiner technischen Reproduzierbarkeit” (“La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica y otros escritos sobre los medios”), aquí está el original y aquí se encuentra el texto traducido a castellano. El problema al que se enfrenta Benjamin en el ensayo es cómo poder considerar una obra de arte como “única”, irrepetible, propia del creador… cuando en su época (1935) se podía sospechar que los avances de la tecnología permitirían duplicar las obras de arte de forma totalmente automática y de manera que no se puedan distinguir las copias de los originales ni siquiera por los más expertos.

Desde mi punto de vista, y sin ser un experto, creo que Benjamin lo que buscaba era superar unas carencias que aparecían en la visión platónica de la filosofía del arte debido a los avances tecnológicos de su época. Yo como soy un auténtico platónico en lo que a filosofía del arte se refiere estoy encantado con su trabajo.

Pues la forma de superar este problema no es otro que introduciendo el concepto de “Aura”, que es un estatus ontológico IRREPRODUCIBLE que se define como “la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar)” y que no representa otra cosa que la formulación del valor cultural de la obra artística en categorías de percepción espacial-temporal (cita). En otras palabras, y de forma sencilla, el Aura de una pieza es lo que le hace única y permite que a través de esa obra de arte podamos tener un “contacto” con otras épocas u otros lugares. Eso es algo que no se puede reproducir, por muy perfecta que sea la copia.

También es importante tener en cuenta que ese Aura es un estatus ontológico de la propia obra de arte, y no una cuestión psicológica del observador. Es decir, que independientemente de lo que opine quien vea la obra, el Aura estará o no. Es una propiedad de la propia obra de arte.

En otras palabras, para quienes les guste más la aproximación del lenguaje, si tenemos una pieza del siglo XVI y su copia exacta, totalmente imposibles de diferenciar por un ojo humano, no son ambas dos entidades idénticas. La razón es que la sentencia “Existía el uno de enero de 1900” es verdadera para una y falsa para la otra. Y eso es totalmente independiente de si el que observa puede distinguirlas o no.

Pues ya tenemos un buen argumento de por qué siempre los coleccionistas buscamos monedas originales y no réplicas, aunque estas últimas nos salieran mucho más baratas. No obstante, no es fácil de explicar, de hecho yo en este otro blog lo estuve debatiendo con unos compañeros y la discusión fue interesante. Pego uno de mis argumentos.

En la numismática y en el coleccionismo de arte en general, el problema de las copias es evidente, porque te la pueden colar y perder mucha pasta.

¿Os imagináis conversaciones del siguiente tipo?

A: “Mira, ésta es una copia perfecta de un duro de 1869 en calidad sin circular”

B: “Muy bonito, ¿de cuándo es la copia?”

A: “La hice hace tres días, en mi casa. Si quieres te la vendo por 5000 euros. Es un chollazo, una copia de éste se vendió por 45000 hace un par de meses, la única diferencia es que el otro era original de 1869, pero ¿es que acaso “los originales tienen una propiedad metafísica que los diferencia de sus copias físicamente idénticas”?”

Pues sí. Los originales tienen dicha propiedad metafísica, y no es otro que el concepto de “Aura” del que nos habla Walter Benjamín en su ensayo “La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica”. Ese Aura viene a ser algo así como el vínculo entre el objeto y el sujeto que lo admira que se crea por el transcurso del tiempo o por los hechos acontecidos a dicho objeto. Es algo totalmente irreproducible. Nadie va a un museo a ver copias, sino originales.

Un último apunte es que la biografía de Walter Benjamin es más que interesante, tanto sus aportaciones a la filosofía como su forma de vivir o de morir. ¿Fue un suicidio o le mataron los nazis? David Mauas dedicó un documental sobre el tema titulado “Who killed Walter Benjamin?

P.D.: estos días ando con un pico de trabajo bastante grande y me estoy limitando a publicar entradas que tenía escritas de hace tiempo. No tengo tiempo de escribir entradas nuevas aunque quiero comentar algunos temas y me consta que hay lectores que también lo están esperando. Esperemos que en un par de semanas esté más relajado…