El coleccionista de monedas tiene un perfil claro: es un hombre de mediana o avanzada edad. No es que quiera ser excluyente, pero es lo que hay. Mi experiencia me dice que ese colectivo abarca al menos el 80% de los aficionados y profesionales a la numismática. Por suerte yo no he entrado (todavía) en él. Sin embargo, la entrada de hoy va dirigida a un público totalmente opuesto: los niños.

Los niños son un público olvidado por dos motivos: no representan un mercado y tenemos la falsa creencia de que si coleccionan monedas es porque sus padres les obligan. Si bien el primer motivo es cierto, ya que los niños no manejan el suficiente dinero como para poderles vender muchas cosas, el segundo motivo no lo es, y yo mismo he tenido varias experiencias con niños a los que les han llamado la atención, por cuenta propia, las monedas.

Un día mi prima (la preciosa niña que se ve en el cuadro de Guzmán Capel en la imagen de arriba) vio que andaba con mi colección de monedas y me preguntó qué estaba haciendo. Cuando le dije que tenía una colección ella se puso a mi lado entusiasmada, creyendo que iba a sacar cromos o algo así. Por eso su primera reacción fue de desilusión, pero enseguida se le pasó, en cuanto vio que aquel álbum tenía monedas de hace más de 100 años, grandes, pequeñas y de diferentes metales. Le encantaron las monedas de plata (como a mí) y también las más antiguas. Luego le empecé a contar historias sobre los reyes que aparecían en las monedas: Felipe III, Felipe IV, Carlos III, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII… y resulta que Alfonso XIII fue rey cuando era un bebé, ¿te imaginas? ¡era más pequeño que tú y ya era rey! ¿a que molaría ser reina?

Pero allí no acabó la cosa. Después saqué un puñado de monedas del mundo que tenía para vender, las puse encima de la mesa y empezamos a averiguar de qué país procedía cada moneda. Luego, con un mapa, descubrimos dónde estaba cada país. Francia e Italia ya los conocía, pero de Lituania, Yemen o Paraguay no había oído ni hablar. Ese día los dos lo pasamos muy bien y aprendimos un montón de cosas. Además, ella se ganó a pulso unas 20 ó 30 monedas que enseñó con orgullo a su madre.

Está claro que la numismática, al igual que muchas otras cosas, puede convertirse en una buen material para desarrollar una actividad de aprendizaje informal. Ya lo decía el gran Benito Pérez Galdós en la novela Miau, donde Ramón Villaamil regala a su nieto una colección de sellos y éste tiene un entusiasmo semejante al de mi prima con las monedas. Se ve que los niños del siglo XIX y los del siglo XXI no son tan diferentes.

A los niños les da igual si una moneda tiene una estrella u otra, o si es la variante tal o cual, pero representan pedacitos de historía que sirven de excusa para transportarles a lugares y tiempos lejanos. De hecho, hay múltiples museos que hacen visitas guiadas para niños o contienen material específico para explicar a los niños la historia de la numismática. Ejemplos: uno, dos, tres y cuatro.

Pero ¿y el que ellos se hagan su propia colección?

Tampoco hay ningún problema en ello, tal y como explica Jennifer Knight en su artículo Young numismatics. Es de sentido común que los niños no deben coleccionar monedas caras y que deben tomárselo como una diversión, al igual que coleccionarían cromos o pegatinas. Además, no es nada caro: cien monedas del mundo diferentes pueden costar unos diez euros, si cada fin de semana el niño recibe cinco monedas para clasificarlas y coleccionarlas, a los padres les sale más barato que una bolsa de pipas.

Pero no hay que engañarse, lo normal es que pasados unos meses o unos años lo acaben dejando, pero algo habrán aprendido y puede que cuando sean adultos lo retomen. De hecho, muy posiblemente yo nunca hubiera coleccionado monedas si no fuera porque “ayudaba” a mi padre a coleccionarlas cuando era pequeño.